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UMBRAL

RELACIÓN SOBRE LOS DÍAS DE PELEG

 

Bosquejo histórico · 2.

RELACIÓN SOBRE LOS DÍAS DE PELEG

 

 

Después de la caída del hombre, y su expulsión del Edén, aunque con la promesa de redención mediante la Simiente herida de la mujer, la humanidad antediluviana se corrompió y mezcló con los nefilim, por lo que fue destruída mediante la catástrofe diluviana, con excepción de Noé y su familia en un arca, juntamente con gran variedad de animales. Tras el Diluvio, la humanidad entera entró en el pacto noético con Yahveh Elohim. Pero poco a poco comenzó de nuevo a apartarse de Dios. Nimrod lideró un movimiento de resistencia a Yahveh Elohim, fundando varias ciudades bajo su hegemonía, y conduciendo la construcción de un inmenso zigurat en cuya cúspide estuviese plasmada la concepción astrológica corrompida por los arcontes caídos, y donde serían copularmente de nuevo recibidos, para organización de un imperio único rebelde. Esto sucedió después de los días de Cainán II Sala semita, quien había nacido en al año 1693 desde Adam, y que engendró a Sala II, el cual nació en 1723; éste último fue el padre de Heber, quien cruzó el Eufrates, y fue el patriarca que dió nombre a los hebreos.

 

En aquellos días Yahveh Elohim juzgó de nuevo a la humanidad, que ahora seguía las directrices de Nimrod, confundiendo sus lenguas a partir de Babel, y esparciéndolos a lo largo y ancho de y'vasha-erets-adama, a partir de la tierra de Sinar en Sumeria. Y para asegurar su dispersión, no solo cultural sino también física, y estorbar con impedimentos su conspiración y conjura, por medio de una gran catástrofe, secuela de los movimientos telúricos diluvianos que siguieron a la mudanza de los polos magnéticos de la tierra, que mudó el clima y la configuración del continente llamado luego Pangea, y también Gondwana, escindió ahora también violentamente con grandes hendiduras la superficie seca de la tierra, dando lugar al paso masivo de las grandes corrientes oceánicas, y dando inicio a la deriva de los continentes, y que aún ahora continúa inexorable amenazando ruina, de la misma manera como habló Yahveh por Isaías en su profecía sobre las bestias del Neguev: "Porque desechásteis esta palabra, y confiasteis en violencia y en iniquidad, y en ello os habéis apoyado; por tanto, os será este pecado como grieta que amenaza ruina, extendiéndose en una pared elevada, cuya caída viene súbita y repentínamente. Y se quebrará como se quiebra un vaso de alfarero..." (Is.30:13, 14a).

 

Eran, pues, los tiempos del patriarca Heber. En los días de aquella gran catástrofe, le nació a Heber su primogénito; entonces, para conmemorar aquel terrible acontecimiento, le llamó a su hijo con el nombre de Peleg. Por eso está escrito en el sacro y antiguo Toledot Shem (Relaciones de Sem), también incorporado por Moisés en B'reshit, lo siguiente: "wl'Heber yuler sh'ny banim shem haejad Peleg ky b'yamayn nifelega haerets v'shem ajayv Yaqtan". Lo cual significa: "Y a Heber nacieron dos hijos: nombrado el uno Peleg, ya que en sus días escindióse violentamente con hendiduras la tierra. Y nombrado su hermano Joctán" (Gn.10:25).  Ésto aconteció en el año 1787 desde Adam, cuando Heber tenía 34 años.

 

El nombre Peleg viene del verbo "nifelega", que significa escindir violentamente con hendiduras; "nifelega" es la conjugación en tercera persona singular del verbo "pälag". Algunos traductores han traducido simplemente como "dividir", dando a entender apenas como si se tratase de distribuir o repartir los terrenos. Pero en ese sentido nunca es usado el verbo "pälag". El verbo que se usa en las Sagradas Escrituras para ese otro sentido de dividir, repartir o distribuir, es el verbo: "jälaq", como en Josué 18:10; 22:8; 2º Samuel 19:29; Isaías 9:3. Todo esto lo argumentó muy bien en Exeter, Inglaterra, en 1937 d.C., el autor Benjamín Adam, en su libro: "Historia del Paganismo". En cambio, la expresión hebrea "pälag", está cercana a "pä'ah", que significa despedazar. También la raíz hebrea "pele'" significa acontecimiento extraordinario y demasiado difícil e increíble, que causa estupenda destrucción; como lo explica el profesor Víctor P. Hamilton en el Diccionario Internacional de Teología del Antiguo Testamento.    

 

Acerca de la antigüedad de la Tableta del sacro Toledot Shem, el profesor de antropología Arthur C. Custance, M.A., Ph.D. (1910-1985), en su libro: "Orígenes de las Naciones", la demuestra al exponer los muchos indicios de arcaicidad, tales como: el apenas incipiente desarrollo jafetita, el ensalzamiento cusita de los camitas en vez de Mitzraim, el silenciamiento de Tiro al lado de Sidón, la existencia de Sodoma y Gomorra como ciudades aún contemporáneas al escritor, la dedicación especializada a los joctanitas que decayeron en tiempos posteriores, al mismo tiempo que el silencio acerca de la descendencia de Peleg, de quien proviene nada menos que Abraham, la ausencia a cualquier referencia a Jerusalem, la cual es apenas conocida con el viejo nombre de Jebús. Cosas impensables para un supuesto escriba elohista o sacerdotal de los tiempos judíos tardíos a que atribuyen el documento los críticos escépticos de la hipótesis documentaria.         

 

La deriva de los continentes por la rotación de la tierra y las presiones oceánicas, de que nos da noticia el Toledot Shem, documento arcaico semita (Gn.10:1b - 11:10a), tan evidente a simple vista cuando se observa la coincidencialidad de los bordes periféricos continentales, y los amontonamientos montañosos de las placas tectónicas, por ejemplo, hacia el norte en la cadena de los Himalayas, y hacia el occidente en la cordillera de los Andes, etc., comenzó a ser reconocida desde Alemania, en 1912, por Alfred Wegener, quien además señaló las coincidencias paleontológicas de la fauna y la flora, fracturadas por los hundimientos tectónicos, como en el caso de la morfología del nordeste brasilero y el golfo de Guinea; si bien, para varios casos, se hace necesaria una mayor consideración de los zócalos continentales. Las cadenas montañosas septentrionales de Noruega y Escocia tienen continuidad en Groenlandia y Canadá. El antiguo clima tropical boreal ha sido demostrado por los yacimientos de carbón, y la distribución generalizada del helecho glossopteris fósil. El aislamiento de la fauna australiana salvó a los marsupiales de los depredadores que en otras latitudes los extinguieron; aunque también se han descubierto fósiles marsupiales en la Antártida. Se está previendo también la separación de Sudamérica, y la unión de los océanos Pacífico y Atlántico. La consideración de las rocas imantadas ha demostrado que sí hubo un cambio de los polos magnéticos del planeta, como el que pudo darse en el Diluvio y otras ocasiones, y como los que se esperan en la apertura del sexto sello por el Cordero de Dios, y al derramarse la séptima taza apocalíptica. El providencial movimiento de la litosfera nos ha traído, pues, hasta aquí, donde nos ha tocado vivir nuestra historia. □

 

(Continúa, Dios mediante)...

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Teusaquillo, 2007, giv.

RELACIÓN MIGRATORIA TUBALÍ-SINEA

 

Bosquejo histórico (3).-

RELACIÓN MIGRATORIA TUBALÍ-SINEA

La Tableta del Toledot Shem [Relaciones de Sem] dice inspiradamente: "B’ny Yefet: Gomer wMagog wMaday wYavan wTubal wMeshek wTyras" (Gn.10:2). Lo cual significa: "Hijos de Jafet: Gomer y Magog y Maday y Javán y Tubal y Mesek y Tiras". También dice inspiradamente: "wK’nahan yaled et-TSydon b’koro wet-Jet wet-haY’busy wet-haAmory wet-ha Girgashy wet-haJivy wet-ha Har’qy wet-haSyny wet-haArvady wet-TS’mary wet-haJamaty v’ajar nafotsu mishpjut haK’nahany" (Gn.10:15-18). Lo cual significa: "Y Canaán engendró a Sidón su primogénito y a Het y al Jebuseo y al Amorreo y al Gergeseo y al Heveo y al Araceo y al Sineo y al Arvadeo y al Zemareo y al Hamateo y después dispersáronse familias de los Cananeos".

Por su parte, el Libro de los Jubileos, de la época macabea, pero conteniendo tradiciones anteriores, nos informa: "Supo Cam que su padre había maldecido a su hijo menor y se ofendió con él, pues había maldecido a su hijo. Se separaron de su padre él y sus hijos: Cus, Mitsraim, Fut y Canaán, y se construyó una ciudad a la que dio el nombre de su mujer: Nahlatmehoc. Jafet, al verlo, tuvo celos de su hermano y construyó él también una ciudad a la que dio el nombre de su mujer: Adatnese. Pero Sem se quedó con su padre Noé, junto al cual construyó una ciudad en el monte, a la que dio asimismo el nombre de su mujer: Sedacatlebab. Estas tres ciudades estaban cerca del Monte Lubar: Sedacatlebab ante la falda oriental; Nahlatmehoc al sur, y Adatnese al oeste" (Jub.7:13-17). Al-Tabarí informa que Nahlatmehoc y Adatnese eran hijas de los antediluvianos Marub Ibn-Dermesil Mahuelita y Marazyl Ibn-Dermesil Mavielita respectivamente (Tab.202). El Monte Lubar es uno de los de la cadena Montañosa del Ararat. La costumbre de construir ciudades colocándoles nombres familiares había sido iniciada con Caín, el cual llamó a su primera ciudad con el nombre de su hijo Enok Cainita. Fue conocida como Unuk, y entonces como Uruk, Erek y Warka, la segunda después de Eridú que le precedía en dignidad.

 

Tubal fue el quinto hijo de Jafet y Adatnese, muy apegado a su siguiente hermano Mesek. Por su parte, Sin fue el octavo hijo de Canaán Camita, nieto de Cam y Nahlatmehoc, muy apegado a su vez su clan con los de sus hermanos Het y Araq. Estos dos, Tubal y Sin, fueron los principales patriarcas de los principales clanes que emigraron desde Siberia y China hacia la América pre-colombina. Otros emigrantes hubo también además; pero Tubal y Sin son quienes marcan la pauta genética mayor y primigenia. El Liber Antiquitatum, cuya última redacción como midrás suplementario al canónico Crónicas, fue, a más tardar, por la época de la destrucción de Jerusalem en el año 70 d.C., con tradiciones anteriores, falsamente atribuído en el Renascimiento a Filón de Alejandría, y que fue popularizado con ese título desde Basilea por la edición de Juan Ricardo en 1527, y emparentado con las Crónicas de Yerajmeel (ms.heb.1300), nos informa acerca de tres hijos de Tubal: su primogénito Fanata, y sus hermanos Nowa y Awa (L.A.4:2). El mismo extenso documento, que tiene 65 capítulos, nos informa también acerca de un antiquísimo Censo Jafetita realizado por Fenek, en tiempos de Nimrod, en el que aparecen contabilizados 9.400 descendientes de Tubal. Por su parte, el Censo de Nim-Marad, atribuía al clan del patriarca Sin, unos 3.000 hombres (L.A.5:4,5). El patriarca legislador Sin pertenecía a una generación posterior en relación con Tubal.

 

El 15 de Adar del año 3722 desde Adam, el profeta Ezequiel profetiza en nombre de Yahveh endechas sobre la multitud egipcia, y hace mención inspirada allí de la violencia de la multitud de Mesek y Tubal, por lo cual estos dos y su multitud se encuentran en el Seol: "Allí Mesek Tubal, y toda su multitud; sus alrededores: sus sepulcros; todos ellos incircuncisos, muertos a espada, pues sembraron el terror en la tierra de los vivientes. Y no yacen con los héroes caídos de los incircuncisos que descendieron al Seol con sus armas de guerra, poniendo sus espadas bajo sus cabezas; mas están sus iniquidades sobre sus huesos, porque fueron terror de héroes en tierra de los vivientes" (Ezq.32:26,27). Acerca de este tipo de violencia, nos dicen los textos hititas que Telepino abandonó furioso a su popia gente, llevándose las semillas y ganados, destruyendo villas, hacia las estepas hasta Lihzina, dejando desolación, hasta que fue atacado por abejas y obligado a regresar a su pueblo por las oraciones de su madre. A su retorno, sirvió a su pueblo. Adatnese es llamada también Anajana, Arinna, Irina, Iranana. El profeta Ezequiel profetiza además para los tiempos finales a Gog tierra del Magog, príncipe ruso de Mesek y Tubal, que con muchos pueblos serían quebrantados al avanzar contra Israel (Ezq.38:1ss).

 

Del nombre de Tubal proviene el de su clan, conocido también como Tipal en inscripciones hititas, Tabal o Tabâli o Tubla en los textos asirios, Tiber o Íber de los Tiberianos según Herodoto, Tibareni en los clásicos, Thobel de los Thobelitas, según Josefo, raíz de los Íberos. Tiglat-Falasar I hace mención en sus anales de aquellos Tubalitas que presionaban a la misma Mesopotamia. Tiglat-Falasar II relaciona en sus anales a 24 reyes de la tierra de Tubal que le rendían tributos en tiempos del imperio Asirio. Herodoto, en sus Nueve Libros de la Historia, y Jenofonte, en su Anabasis, sostienen que los clanes de Tubal emigraron inicialmente hacia la orilla meridional del Mar Negro. Mesek y Tubal llegaron a conformar la Satrapía # 19 del imperio persa en días de Darío. Algunos emigraron más al occidente hacia Italia alrededor del Tíber que recuerda su nombre, de donde siguió la emigración occidental hacia España como los primeros Íberos, según lo narra el historiador Josefo. Pero la migración principal no fue la occidental, sino la nororiental. Junto con los clanes de Mesek, los de Tubal emigraron hacia Rusia. Los clanes de Mesek dieron origen a los Moscovitas, y los de Tubal se extendieron por las estepas de Siberia. El nombre de Tubal es recordado allí en el nombre de la gran capital de la Rusia Asiática denominada Tobolks. La onomástica Tubal, Tabal, Tabâli, Tipal, Telepino, Tubla, Tobolks, Thobel, Tepaneco, Iber, Tiber, Tubareni, Tibareni, Sibareni desemboca en Siberia. La población original de Siberia fueron los Tubalitas, quienes fueron los principales emigrantes a la América precolombina. Tenochtitlan era la capital pre-azteca del pueblo llamado con el nombre de Tepaneco.

 

Bryan Sykes, profesor de genética de la universidad de Oxford, y consultor científico del Parlamento Británico, narra su epopeya del avance de la genética en su importate libro: "Las Siete hijas de Eva". Por medio del ADN mitocondrial se conoce la historia genética de las migraciones de la humanidad. Por ejemplo, se demostró que la variante 247 del ADN mitocondrial polinesio no era tan abundante en América precolombina, como se había supuesto. El seguimiento del cromosoma Y dio los mismos resultados del ADN mitocondrial. Uno de cada cien de los pobladores nativos de América proviene de una sola madre a través de Siberia (Ver la epopeya genética de Xenia en la obra mencionada de Brian Skypes). La secuencia genética siberiana está emparentada a la finesa, que a la vez se conecta a la de América del Sur, desde el Ártico hasta el Brasil. También por medio de una sola mujer progenitora de Armenia está conectado el europeo común con el resto del mundo en el ADN mitocondrial. Por medio de la reconstrucción genética se llega al resultado de que la colonización del resto del mundo provino de apenas uno de 13 clanes que moraban en África (Ver la epopeya genética del clan de Lara, según B. Skypes). El seguimiento genético permite deducir las migraciones tubalitas y sineas hacia América precolombina, siguiendo la principal línea desde Ucrania, por Mongolia, hacia América. Al respecto, Bryan Skypes se atreve a concluir después de rigurosa investigación en todo el globo: "Podemos tener la certeza absoluta de que fue de allí que partió la colonización de las Américas. Cuatro clanes mitocondriales dominan la genética de los nativos americanos. Todos los cuatro fueron reconstruídos con facilidad y hay vínculos genéticos obvios con personas que viven hoy en Siberia y en el centro-norte de Asia...Hubo dos períodos en que hubo un puente de tierra continua entre Siberia y Alaska...La frecuencia genética de los americanos nativos modernos favorece el más reciente...Reconstrucciones a partir de padrones siberianos y mongoles muestran con mucha claridad que los clanes ya estaban bien separados unos de los otros antes de que llegasen a América. Lo mismo se aplica al quinto extraño clan, aquel de Armenia, al que pertenece el 1% de los americanos nativos. Como ya vimos, aquel clan tuvo su origen en la frontera entre Europa y Asia " (pg.323, 324). La ausencia del clan armenio en las muestras de Siberia y Alaska, hace pensar en una nueva oleada migratoria por el litoral asiático, las islas Aleutianas y el Pacífico. Tenemos además los importantes clanes sineos.

 

El patriarca Sin, recordado como gran legislador, y héroe "deificado" por la posteridad, según la costumbre principalmente camita, fue llamado "señor de las leyes, ordenador de las leyes de cielo y tierra". Sin estableció su clan primigenio primeramente en la región del Líbano cerca a su hermano inmediatamente anterior: Araq. La ciudad primera fue llamada conforme a su onomástica: Syan, y aparece en los textos cuneiformes como Sianu. Parte de su clan emigró hacia el sur rumbo a la península que entonces tomó el nombre de Sinaí. Pero mayormente el contingente sineo se esparció dirigiéndose al oriente, primeramente rumbo a Sumeria, donde fue recordado en la onomástica de Abi-Sin, Naran-Sin y Senaquerib. Se asoció a los clanes hititas, llamadas Jaty, y Cathay, desplazándose hacia el lejano oriente, especialmente tras la caída del imperio Hitita. Los hititas del norte se mezclaron con los indoeuropeos, pero siempre hubo entre ellos un importante contingente de elevados pómulos, ojos oblicuos y craneos mongoloides, los del centro y sur, tal como aparecen en las representaciones gráficas. Debe notarse que las estructuras sintácticas sumerias son semejantes a las chinas y a las turcas. Ahí podemos ver la simbiosis hitita-sinea. Los chinos remontan su civilización a la ciudad capital de la provincia de Shensi situada a orillas del rio Wei que se dirige hacia el rio Amarillo. El nombre de su capital primigenia ha sido Siang-fu, lo cual significa: Padre Sin. Su primer rey fue conocido como Fu-hi de los montes Chin. Los escitas, que comerciaban con ellos, los referían como Sinae, y a su capital comercial occidental como Thinae o simplemente Thsin. Ya para la época del profeta Malaquías, la dinastía Tsin era suprema en el imperio Chino. Cuatro siglos antes de Malaquías, el profeta Isaías se refiere a ellos como Sinim (Is.49:12). Ha habido un buen número de investigadores que ha recuperado tales huellas; tales como J. Inglis (1877), C. A. Gordon (1889), C. R. Conder (1890), W. Boscawen (1896), A. Dillman (1897), W. J. Perry (1937), Arthur C. Custance (1975), de quienes nos declaramos abiertamente deudores, y sobre cuyos hombros estamos.

 

Por la misma época de las migraciones coreanas a Japón, los Jomon y los Yayoi, acontecieron las migraciones asiáticas hacia América. De los Jomon descendieron los Ainu. Hubo además otra ruta migratoria sinea por los litorales arábigo, pérsico y paquistaní, de la cual una mínima parte pasó por Australia hacia América. Los isleños de las islas Marquesas dicen que sus ancestrales trajeron sus cocoteros del noreste; es decir, América. Pero, por la prueba genética, los polinesios migraron principalmente a partir de Taiwán. La religión de la América precolombina tiene el sello del Asia. Ilustraciones artísticas de Quetzalcoatl tiene trazos budistas. Las tradiciones hindúes Naga y las draconianas sino-japonesas se corresponden a la cultura Tlaloc. La especie de elefante típica de la India aparece representada en la cultura maya centroamericana; la secta Shin japonesa identifica a Tengú con el elefante Ganesha; y el cronista Fray Pedro Simón sostiene que en Mbacatá (Bogotá) era venerada por los Muiscas una "costilla de camello". El ciclo de las 4 edades "Yugas" orientales procedente de la India (Mahabharata), por la China, es el mismo de México (Códice Vaticano de pinturas mejicanas que hablan también del Diluvio y de la Gran Torre, llamando Chululan a Nimrod). De Babilonia y Egipto, por la India y China, hacia la Tartaria, el Tíbet y Mongolia, fluyeron doctrinas de la "civilizacióin" sinea hacia la América precolombina. Los Mayas colocaban las vísceras de los muertos de la misma manera como los egipcios en sus vasijas dedicadas a Horus. Por eso no es extraño que Timágenes, Solón, Platón, Proclo, Amiano Marcelino, Diodoro Sículo, mostrasen conocimiento de las tierras más al occidente del Atlántico. Cuando el misionero jesuita Pedro Grellon llegó al Asia Central encontró en Tartaria a una mujer de los indios hurones de norteamérica que había llegado allí por el estrecho de Bering. Los Muiscas de la Sabana de Bogotá, al igual que los Kunas del Darién, y los Mayas de Chiapas y Yucatán, de la misma manera que los habitantes de las Islas Aleutianas que suben del Asia hacia Alaska, embalsaman a sus muertos con los mismos métodos; La cultura Su-Shen ligaba Corea, Siberia y América; y en cada lugar eran comunes sus corazas de hueso; ¿coincidencia? El profesor Elliot Smith siguió el rastro de los Pieles Rojas hasta más allá del Mar Caspio. Los antiguos japones incluían América en sus mapas antes de Cristobal Colón. De estas y muchas más correspondencias nos habla Donald A. Mackenzie en su "América Precolombina".

 

He aquí, pues, la relación migratoria tubalí-sinea, central entre sus concomitantes, preparada para la primera camada cristiana precolombina.

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Teusaquillo, 2007, giv.

 

EL LIBRO DE LOS LIBROS




Existe un libro al que con justicia se le llama “el libro de los libros”; es un libro antiguo, cuyas primeras partes se escribieron hace muchísimo tiempo, incluso, siglos antes que los grandes clásicos de la antigüedad; así, como decía José Flórez, antes de la Ilíada y la Odisea de Homero, y anterior a la Eneida de Virgilio; anterior a las tragedias de Esquilo y a los analectas de Confucio. Incluso, el escritor de la primera parte se valió de documentos anteriores a él, que de vez en cuando cita. Es un libro que ha venido acompañando a la humanidad desde sus albores y cuya influencia es la más benéfica que se haya podido conocer en toda la historia; su aceptación ha sido inmensa; más que la de cualquier otro libro, incluidos todos los clásicos. De este libro se conservan copias en mayor profusión que de todos los demás libros apreciados por la humanidad. Es un libro para la humanidad en general, que halla cabida en toda raza y nación, en toda clase social e idiosincrasia, saneando las costumbres, elevando el nivel de las gentes y los pueblos, en la medida que conocen el Libro y son penetrados por su Espíritu.

Es el libro que más  se imprime y se traduce; son millones las copias que se hacen de él cada año y existen personas e instituciones especialmente dedicadas a la distribución de este libro; se ha traducido a todos los idiomas importantes del mundo y literalmente a miles de dialectos; y se sigue traduciendo y poniéndose al alcance incluso de las más salvajes tribus, pues se conocen sus efectos positivos; se da el caso incluso de que el dialecto de una tribu se escribe por primera vez para poder tener una traducción de este libro.


Su influencia, decíamos, es, pues, enorme; grandes poetas y artistas  deben su inspiración a este libro, y el influjo de este libro los ha hecho famosos; ni qué hablar de los filósofos, estadistas, santos y teólogos; sin este libro no hubieran sido 1o que fueron.


El libro es una colección de diferentes tipos de escritos; hay en él historia, poesía, leyes, profecías, cartas, dichos, etc, pero aunque tan diversos estilos se entremezclan, sin embargo constituyen una sola Obra Maestra, con sólo un tema básico hilvanando las distintas partes, que por reflejar distintas situaciones, típicamente humanas, le dan al libro una  riqueza espiritual, psicológica y estética tan maravillosa, que indagar en él es como penetrar en una mina inagotable de tesoros.


Nunca termina uno de leer este libro, pues cuando pensábamos haberlo leído todo, hallamos nuevas cosas nunca imaginadas, que nos hacen escudriñarlo de nuevo. Hay personas que por muchos años han estado sumergidos en él, pero no terminan de desentrañar sus tesoros. El tema central trata de una revelación maravillosa; es la historia de cómo Dios se ha revelado al hombre, y qué ha hecho para salvarlo; nos muestra el desarrollo del Plan Divino, retrocediendo hasta el más ignoto pasado; sí, hasta el mismo principio, y entonces nos guía a través de los tiempos mostrándonos la mano maestra del Alfarero Universal, Dios, detrás de todos los acontecimientos de la historia humana. Es un libro milagroso, sí, lleno de asombrosa profecía cuya exactitud y cumplimiento nos  asombra; hoy, los siglos se visten de acuerdo a sus previsiones; y si hablamos de profundidad, debemos confesar que el libro tiene la capacidad de desnudar el corazón humano y penetrar a donde ningún otro ha penetrado; sí, el libro maneja en sus manos el corazón del hombre y demuestra controlar su historia presente y su futuro.


Es un libro al que vale la pena escudriñar; no sólo pseudo-leer, sí escudriñar; oh, si se estudiase este libro más que cualquier otro libro, y se pusiera en práctica, se obtendrían mayores beneficios de los ya obtenidos.


Fueron varios los hombres que colaboraron con el Autor de este libro.

Algunos fueron poetas, otros reyes, otros campesinos, otros legisladores, otros escribas, otros pescadores, otros cobradores de impuestos, otros generales; en fin, de varios tipos de hombres; pero el Autor, es evidente, ha sido solamente UNO. Efectivamente, Dios dirigió a Moisés y le habló, y éste entonces registró sus palabras y hechos.


Josué y los jueces de Israel continuaron la historia.


Los profetas recogieron las visiones y las palabras que recibieron de Dios y las conservaron.


Poetas como Job, David, Salomón y Jeremías contaron los dolores y las alegrías del corazón del hombre; se hístorió la vida de la nación de Israel para enseñarnos con ella lo que significa estar cerca o lejos de Dios; además, para preparar con ella el advenimiento del Mesías Salvador, primero como Profeta y sacrificio sufriente, expiación tipificada en los ritos mosaicos, y entonces, Rey que alumbra a los gentiles y que se sentará en el trono de David para reinar en paz de mar a mar,  sobre el Monte de Sion. El Mesías, he allí el meollo del libro de los libros, el núcleo central.


Nos muestra primeramente el libro la preparación de su advenimiento; y entonces nos cuenta la historia de su visitación y la introducción del Reino, explicándonos su operación actual hacia un fin determinado, definido y cercano. Con los evangelios, los Hechos apostólicos y sus epístolas y con el Apocalipsis, nos abre el Libro de los libros las puertas del cielo por el conocimiento del Mesías, Jesucristo, Hijo de Dios. No seamos, pues, tan insensatos como para desconocer el Libro de los libros, "La Biblia".


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Gino Iafrancesco V., 1984, Paraguay. 

LIBERTAD Y CONSIDERACIÓN

LIBERTAD Y CONSIDERACIÓN

 

Por:

Gino Iafrancesco V.

(Curitiba, Paraná, Brasil)

(7/12/1980)

 

Al respecto de libertad y consideración en medio de la comunión del pueblo de Dios, tengamos en cuenta los siguientes versículos:

 

1ª Corintios 10:23:

Todas las cosas me son lícitas, pero no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, pero no todas edifican”.

El Señor quiere conducirnos más allá de lo meramente lícito; El desea conducirnos a lo conveniente, a lo edificante y a lo perfecto. Y n o solo en lo individual; también en lo eclesial, y en medio de la comunión de la iglesia, Dios quiere conducirnos eclesialmente también a lo perfecto, a lo edificante y a lo conveniente. Por lo tanto, sigamos leyendo a      Pablo en el verso 24:

Ninguno busque solo su propio provecho, sino que también cada uno busque el provecho de los otros”.

De manera que nadie, ni yo, ni tú, ni Gino, ni Aniceto, ni Jair, debe buscar solamente su propio provecho, sino que todos debemos buscar el provecho también del otro.

 

Unos versos más adelante, Pablo nos exhorta a tener en cuenta, además de nuestra propia libertad y conciencia, también la conciencia del otro. En los versos 28 y 29 dice:

Pero, si alguno os dijere: -esto fue sacrificado a los ídolos,- No lo comáis, por causa de aquel que os advirtió, y por causa de la conciencia. Porque la tierra es del Señor, y toda su plenitud. Digo, sin embargo, de la conciencia; no la tuya, sino la del otro. Pero ¿ por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia de otro? …”

Hermanos, cuando realmente vemos el cuerpo de Cristo, nosotros no tenemos en cuenta solamente nuestra propia conciencia, sino que tenemos también en cuenta la conciencia de los otros hermanos; e incluso de otras personas no cristianas, pues tampoco a los gentiles, ni a los judíos, ni a la Iglesia de Dios deberíamos escandalizar. Si nosotros no tenemos en cuenta la conciencia de los otros, corremos el peligro de pecar contra el mismo Señor Jesucristo y afrentarlo; pues lo que le hacemos a uno de sus pequeñitos, al Señor mismo lo hacemos. Debo tener en cuenta también la conciencia de los otros. No es suficiente que mi propia conciencia esté limpia. En el plano de Dios, debo tener en cuenta también la conciencia de los otros. Dios quiere liberar mi conciencia; pero también quiere que yo tenga en cuenta, en consideración, la conciencia de los otros.

 

Pablo, por el Espíritu Santo, se hacía unas preguntas interesantes:

Verso 29b: “Pero, ¿por qué ha de ser juzgada mi libertad por la conciencia de otros? 

 

Y en el verso 30 decía: “Si yo con acción de gracias participo, ¿por qué he de ser blasfemado en aquello de que doy gracias?

 

Pero, entonces, por el Espíritu Santo, que siempre nos conduce al amor, recibimos por respuesta la exhortación y la determinación en el verso 31: “Por tanto, ya sea que comáis, o que bebáis, o que hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Si no hacemos todas las cosas por amor, no las haremos para la gloria de Dios. De ésta manera se reveló Cristo en el corazón de Pablo. Tratándose de beber, o de comer, o de realizar ciertas cosas, no puedo reducirme a considerar solamente mi propia libertad. Debo hacerlas en amor para la gloria de Dios. Dios nos ha dado mucha libertad, y en muchas cosas tenemos muchas posibilidades de dirección en uno u otro sentido, pero Dios siempre quiere que nosotros nos decidamos por lo perfecto. Tenemos derecho de hacer muchas cosas, pero el Señor desea que escojamos agradarle en todo.

 

Por otra parte, además, debemos recordar que Dios tiene el propósito de hacernos Uno por medio de Él en Cristo, y ya lo ha hecho en Su Espíritu; por tanto, Él desea que mostremos misericordia unos delante de los otros. Debemos ser canales de la misericordia de Él hacia los otros. Dios quiere que nos tengamos en cuenta los unos a los otros, y que consideremos la condición de cada cual. Hermanos, es mi fuerte convicción, que la Iglesia debe aprender a conocer de Dios este asunto en todas partes. Debemos caminar conforme a nos lo dé el Espíritu. Por lo demás, hermanos, Dios mismo nos provee con todo aquello que necesitamos para andar conforme a lo que Él mismo nos pide. Así que nuestra carne debe ser restringida, de modo que podamos agradar a Dios. A veces tardamos en comprender que solamente por medio de Jesucristo podremos agradar a Dios; tanto en lo jurídico por Su sangre, como en lo orgánico por Su Espíritu.

 

No obstante, Dios permite temporalmente, cual márgen de error, que pasemos por etapas en las cuales no damos en el blanco, no acertamos en lo conveniente. De esa manera, nos hará comprender cuánto precisamos de Jesucristo, pues fuera de Él mismo, nada tiene el suficiente valor. Es maravilloso descubrir que solamente en Jesucristo hallamos lo verdaderamente valioso. Por tanto, heermanos, debemos obrar para con los otros en Cristo, dando lugar a lo que Él haría. El Espíritu ciertamente va a operar, y entonces podremos encarar todos los desafíos que se nos presentan en el trato con las otras personas. Cristo nos ayudará a reaccionar frente a las molestias que otros traen a nuestras vidas particulares. Pues todos somos diferentes tipos de personas, y Dios va a usar para bien que esto sea así. Habrá cosas, entonces, de las cuales ya hemos sido liberados, pero, puesto que otros todavía no lo conocen, ni lo experimentan, como nosotros mismos pasamos también por esas situaciones en el pasado, entonces Cristo nos conducirá a tener la suficiente consideración con la situación de otros, siendo que nosotros mismos estuvimos en esa condición también ayer.  Pero, lastimosamente, a veces no nos acordamos de que nosotros mismos éramos tal como aquellos a quienes hoy criticamos.

 

También es necesaria otra consideración. Cuando estábamos presos, como cachorritos acorrentados, dábamos vueltas y vueltas sobre el mismo terreno todo el tiempo. Pero cuando el cachorrito fue liberado, entonces salió corriendo disparado con todo entusiasmo por todas partes, con una gran agitación. Pero, entonces, con el tiempo, regresa a la calma de la normalidad, a la tranquilidad. Es normal para el cachorrito correr disparadamente cuando acaba de ser suelto; pero también es normal, que después de un tiempo, vuelva a la normalidad. Así también nosotros, acabando de ser liberados, corremos con entusiasmo, pretendiendo que los otros nos comprendan inmediatamente; pero luego aprendemos que Dios tiene un proceso particular con cada uno, que no puede ser pasado por alto, y que necesitamos paciencia y consideración. Pasado un tiempo de la liberación, ya no resulta conveniente que sigamos pretendiendo con nuestro entusiasmo natural convertir a todo mundo a nuestra condición aquí y ahora.  Claro que sí debemos mantener el fuego del primer amor y el compromiso de la evangelización y el testimonio, pero debemos hacerlo en Cristo, con la estrategia del mismo Espíritu Santo, y no según nuestras fuerzas naturales. “No con espada, ni con ejército, sino con mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos”.

 

Pablo, por lo tanto, como recordábamos, continuaba diciendo en el verso 32: “Conducíos de manera que no seáis escándalo, ni para judíos, ni para griegos, ni para la Iglesia de Dios”. Y eso se extiende por analogía a otras situaciones semejantes. Que no seamos tropiezo innnecesario, es la conducción de Dios; si bien, por el pecado del mundo y de la carne, Cristo mismo es piedra de tropiezo y roca que hace caer a los que desobedecen al evangelio y aman más las tinieblas que la luz. Pero en este caso el problema es del mundo, no de Cristo; en cambio, en el caso que denuncio, somos nosotros mismos el problema por causa de nuestra inmadurez. De las dos cosas habla la palabra de Dios. ¿Qué te dice al respecto el mismo Espíritu Santo en tu corazón? El Espíritu Santo da testimonio a nuestros corazones acerca de la palabra que Él mismo inspiró y que se encuentra en las Sagradas Escrituras. Habla de Cristo como piedra de tropiezo por culpa del mundo, y habla también de que no seamos culpables nosotros del tropiezo de otros. Son dos caras de una misma moneda. El equilibrio es Cristo mismo.

 

Cuando se nos dice que no seamos tropiezo a los judíos, por analogía se nos da a entender que debemos tener cierta medida de consideración con los que son legalistas, sin necesidad de convertirnos nosotros mismo en eso, y también sin estar nosotros mismos sin ley, sino bajo la ley que es Cristo mismo. Pero también se nos dice que no seamos tropiezo a los gentiles que están en el mundo, ni a la Iglesia de Dios. Dios no quiere que nuestra liberación nos haga innecesariamente escandalosos para los judíos, ni para los gentiles, ni para otros miembros del cuerpo de Cristo, sino que seamos sabios y considerados, sin dejar de ser testigos apropiados de la vida y la verdad de Cristo y de Sus caminos.

 

La palabra nos enseña también que ciertas libertades las debemos tener solamente delante de Dios en privado, por causa de las conciencias inmaduras y escrupulosas de los otros. Sí, Dios nos exhorta a tener consideración con las conciencias de otros. Por una parte, dentro del pueblo de Dios, como lo enseña Pablo a los Romanos en el capítulo 14 de su epístola, hay conciencias que en ciertos respectos, debido a diferentes factores, son débiles en la fe; mientras que hay otros que en esos mismos respectos son fuertes. Casos como los de ciertos alimentos, o días, o cosas semejantes, etc. Se nos enseña a no menospreciar a los débiles en la fe, ni a juzgar a los que con corazón limpio agradecen a Dios por ciertas cosas.

 

Por otra parte, debemos tener en cuenta la relación que existe entre conciencia y conocimiento. Si un hermano no tiene ciertos conocimientos, es posible que su conciencia sea enredada por el enemigo con ciertas acusaciones y cavilaciones. Si entiende mal, aunque sea sinceramente, cierto asunto, su conciencia le exigirá actuar según su error, hasta que aprenda a oir la voz del Espíritu Santo en su propia conciencia, y las dos voces se hagan una. La palabra de Dios nos habla de conciencias en el Espíritu Santo y buenas, pero también de conciencias malas, corrompidas y cauterizadas. El diablo puede atormentar una conciencia corrompida acusando a su portador y haciendo que este acuse infundadamente a otros. Ese puede ser un defecto típico de los débiles en la fe. Por otra parte, el defecto de los que se sienten fuertes puede ser menospreciar a los débiles y ridiculizarlos.  Así que el débil juzga y critica, y el fuerte menosprecia al débil.

 

El apóstol Pablo nos enseña por el Espíritu a usar de nuestra libertad para servirnos por amor, y para edificar conforme al Señor a la Iglesia. Dios quiere ver que cuando yo sea libertado, use de la libertad para amar, teniendo en consideración la situación de las conciencias ajenas. Si no tenemos en cuenta la conciencia de los otros, estorbamos y retardamos el trabajo del Señor introduciendo enredos innecesarios. Causamos reacciones fuertes contrarias que pueden provocar un bloqueo, asi sea tan solo pasajero, a la disposicióin necesaria para la revelación. Todos necesitamos de revelación para poder ser libres. Mas si usamos de nuestra libertad sin tener en consideración la situación de las conciencias ajenas, entoces provocamos precozmente reacciones que les dificultarán estar en la disposición necesaria para la revelación. Cooperaremos para mal, para que la revelación les sea escondida y oculta. La verdadera libertad es Cristo. Es necesario conocerlo a Él, y ojalá que lo sea a través de nosotros, y no a pesar de nosotros. Si soy hipócrita, fácilmente seré también imprudente. Ni mi hipocresía, ni mi imprudencia, son Cristo. Un cristianismo meramente intelectual, o meramente emocional, o los dos, pero no espiritual, no cooperará suficientemente con la liberación ajena. La sola emoción no liberta de una mente cautiva, ni el ejercicio de la mera mente puede liberar de emociones fuertes negativas. Es necesario Cristo para ser más fuertes que la mente y la emoción. Quien realmente liberta es Cristo mismo espiritualmente.  Tampoco la osadía de la carne liberta de la cobardía de la carne. Solamente Cristo mismo libera.

 

Solo avanzando en Cristo descubrimos que fuimos liberados también de la pretendida santidad de las cosas exteriores en sí mismas. La verdadera santidad no está en las cosas exteriores, aunque las afecta para bien; la verdadera santidad es Cristo; Cristo mismo es nuestra santificación.  Solo Cristo nos libera de la aparente e hipócrita “santidad” meramente exterior. La parquedad forzada no me libra suficentemente de la locuacidad. La liberación en Cristo tiene un propósito dentro del cual es necesario también tener en consideración la conciencia del otro.

 

Veamos el caso de Pablo en Jerusalem, tal como aparece en Hechos de los Apóstoles 21:19-26. En el verso 21 le dice Santiago: “Acerca de ti fueron informados que enseñas a todos los judios que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciendo que no deben circuncidar a sus hijos ni andar según la costumbre de la ley”. Realmente no comprendían a Pablo. Lo que realmente Pablo enseñaba era que la verdadera circunsición, y no solo la tipológica, era la liberación en Cristo del cuerpo pecaminoso carnal en la circunsición de Cristo. Pero Pablo estaba por la Iglesia y se sometió al consejo de los ancianos en Jerusalem, haciéndose como judío para los judíos. Tenemos que esperar que sea Dios mismo quien muda los pensamientos de las personas. Según los versos 22 y 23 le dijeron: “¿Qué haremos, pues? En todo caso es necesario que la multitud se junte, pues habrán oído que viniste. Haz esto que te decimos: tenemos aquí cuatrro varones que han hecho voto. Tómalos contigo y santifícate con ellos…  Pablo sabía que la verdadera purificación es por Cristo. Además, él mismo ya estaba puro en Cristo, pero acató el consejo de los ancianos de aquella iglesia, pues la conciencia de otros no lo veían puro. Ante su propia conciencia estaba purificado, pero ante la conciencia de otros era un impuro. Pensando, pues, en esos otros, le dijeron: “Paga por ellos los gastos para que se rapen la cabeza, y todos quedarán sabiendo que no hay nada de lo que se les ha informado acerca de ti, sino que tú mismo andas ordenadamente guardando la ley”.

 

Aunque Pablo era judío, de la tribu de Benjamín, era libre en Cristo, aún del régimen viejo de la ley en la carne; pero su libertad no fue lo mismo que una rebelión, sino que su libertad era vivir por Cristo mismo incluso magnificando la ley. Dios lo había librado de depender de guardar la ley en la carne para merecer por sí mismo ser agradable a Dios; mas había aprendido a agradar a Dios por la fe de Cristo, haciendo Su voluntad en Cristo por el Espíritu. En el régimen nuevo del Espíritu ya no estamos obligados a pretender falsamente agradar a Dios por la sola fuerza de nuestra carne caída, lo cual ha demostrado ser imposible, pues no hay ninguno que nunca peque, con excepción del Mesías que es el cordero expiatorio perfecto. Por lo tanto, sólo Cristo por nosotros y en nosotros es el verdadero cumplimiento y magnificación de la Ley.  En Cristo están además incluídos todos los que Le recibieron, y en esa inclusión se implica la consideración cuidadosa que busca no herir las conciencias ajenas. Por eso Pablo escribía que si tenemos libertad, la tengamos privadamente delante de Dios. Mas que debemos tener en cuenta la conciencia de los otros, no molestándonos excesivamente por la debilidad de los débiles, pues Cristo los ha recibido también.

 

Continúa, pues, el Libro de los Hechos de los Apóstoles en el verso 26:

Entonces Pablo, tomando consigo a aquellos varones, entró al día siguiente al templo, ya santificado con ellos, anunciando ser ya cumplidos los días de la purificación; y se quedó allí hasta que se ofreciese la ofrenda por cada uno de ellos”.  No obstante, Pablo ya se había presentado en lugares celestiales en Cristo ante el mismo Dios, como vivo de entre los muertos; pero aquí en Jerusalem estuvo dispuesto incluso hasta a condescender con los judíos, que presentó la ofrenda que apenas representaba a la verdadera en la cual él verdaderamente se apoyaba, que era Cristo. Pablo había dicho que él se hacía como judío a los judíos, y como sujeto a la ley para los que estaban sujetos a la ley, para ganar algunos, aunque realmente, en su espíritu, él vivía por la fe de Cristo, siendo verdaderamente libre. ¿Seríamos nosotros capaces de llegar hasta dónde llegó Pablo, para que la distancia que hay entre los pueblos se demuestre terminada en Cristo, y para que la distancia entre el legalismo y el libertinaje se termine con nosotros en Cristo? Pienso y creo que no es necesario llegar a tanto hoy en vista de que la misma providencia de Dios intervino para liberar a Pablo de los judíos, permitiendo la destrucción del templo apenas tipológico, y enviándolo lejos a los gentiles, que para provocar a celos a Israel, recibirían al Mesías, manteniendo la verdad y suficiencia del evangelio.

 

En la balanza debemos, pues, colocar la medida del equilibrio entre libertad y consideración. No podemos permitir que se nos arrebate esta libertad, al  mismo tiempo que lo hacemos con la mayor consideración y el mayor cuidado para con todos, mas sin renunciar a Cristo volviendo a los débiles y pobres rudimentos tipológicos. Debemos, sí, permanecer libres en Cristo, incluso ante los padecimientos qque nois sobrevinieren; pues así como escrito fue llevado a Pilatos, volvió a serlo en Pablo ante los sacerdotes y ante los romanos. Se nos concede, pues, no solo creer en Cristo, sino tambén participar de sus aflicciones. Y esto debemos hacerlo para que la Iglesia sea edificada.

Los espirituales, y tan solo ellos, podrán ver la belleza interior de Cristo; sólo quienes tengan al Espíritu podrán discernir espiritualmente; solo los nacidos de nuevo pueden ver y entrar al reino de los cielos. Pero quien no sea espiritual, no podrá entender las cosas de Dios, ni podrá comprender a los espirituales; pues estos no son comprendidos de los meramente almáticos, los cuales apenas juzgan por las apariencias. Pero nadie quita que algún día puedan ser espirituales, y entonces comprender el testimonio de ellos más adelante. Hoy se necesita infinita caridad.

 

Uno de los problemas del legalismo es la distorsión de la conciencia. Colar el mosquito y tragar el camello. Ese peligro existe para las conciencias no regeneradas, o para los carnales niños en Cristo. La conciencia humana puede corromperse y cauterizarse. Por eso Dios debe curar nuestras conciencias. Dios se ha tomado tiempo para hacerlo con cada uno de nosotros, y debemos permitir que se lo tome también para hacerlo con otros. El amor de Dios nos ha señalado a todos un plazo para trabajar en nosotros. Lo importante es que no desperdiciemos el tiempo, pues Él no contenderá para siempre con el hombre. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.

 

Hay conciencias enfermas que colan el mosquito y tragan el camello, que limpian solo lo de fuera dejando lo de adentro lleno de inmundicia,  que conducen al hoyo ciegamente, según lo denuncia Jesús según Masteo 23.  Precisamos, por eso, de la mismísima ayuda divina y misericordiosa, para que por Él mismo seamos convencidos y a la vez aprendamos a tener misericordia y consideración para con otros. También debemos aprender a no tener en cuenta solamente nuestra propia conciencia, sino a obrar con amor, participando del de Cristo. Aquellos fariseos querían ser muy fieles incluso een el diezmo delo comino, pero su religiosidad carecía de revelación. Y eso puede suceder con cualquiera de nosotros. Por eso las consideraciones paulinas en Romanos 14 son sabias por provenir de la gracia de Cristo. No dejemos, pues, como nos enseña Jesús, lo principal, la justicia, la misericordia y la fe. Fuimos liberados con propósito misionero, para servir por amor, para que podamos cerrar las bocas de los que murmuran de nosotros como de malehechores. Permanezcamos delante del Señor en Cristo, para que Su bendición sobreabunde a través de nosotros a favor de muchos.

Ministrado a la iglesia em Curitiba, Paraná, Brasil, por Gino Iafrancesco V., em portugués, el 7 de diciembre de 1980. Trascrito abreviado, editado y difundido por los obreros brasileños Aniceto Mario franco y Juvenal Moura. Traducido y revisado por el autor.   

DEL REPOSO CRISTIANO

DEL REPOSO CRISTIANO

 

ensayo

 

por:

 

Gino Iafrancesco V.

 

Asunción, Paraguay, 1974.

 

 

 

Con el presente estudio seguiremos la pista, en las Sagradas Escrituras, que nos hablan del verdadero reposo cristiano. Precisamente reposo fue lo que el Señor Jesucristo vino a traer para la humanidad: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” (Mateo 11:28-30).

 

Fue también reposo lo que perdieron nuestros primeros padres Adán y Eva en el Edén. Su vida era una tal de dependencia absoluta y confiada en el Creador y Su providencia, de tal manera que aún les estaba vedado el fruto delo árbol del conocimiento del bien y del mal, y no se avergonzaban de estar desnudos.

 

Fue después de perder su inocencia cuando resultaron sometidos a las severas consecuencias de la desobediencia. “A la mujer dijo: Multiplicaré en gran manera tus dolores en tus preñeces; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti. Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol del que te mandé diciendo: No comerás de él, maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinas y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste ttomado, pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:16-19).

 

Fue al desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal, que el hombre recibió la muerte, el dolor, el miedo, la dificultad y todo aquello que es precisamente lo contrario del reposo con el que disfrutaba en el Edén mientras Dios había entrado en Su séptimo día. Jesucristto vino, pues, a redimir de aquella condición y abrir de nuevo las puertas a los vencedores, para que tuvieran otra vez derecho al Árbol de la Vida (Apocalipsis 2:7). El hombre debía regresar, pues, a través de Jesucristo, a la vida eterna, la seguridad, la gloria, la providencia, en una absoluta y confiada dependencia del Creador, al cual, así, honraría. Fue esto lo que estaba implícito en la promesa hecha a la humanidad, de que la Simiente de la Mujer aplastaría la cabeza de la serpiente.

A partir de la caída, Dios mismo comenzó a desplegar Su plan eterno de redención, cubriendo de su desnudez al hombre por medio de la sangre derramada. Así Abel ofreció a Dios, como a la puerta del Edén, y así la humanidad aprendió la necesidad de Un sacrificio cubridor, el cual prefiguraba a Cristo y el plan de redención. El problema había sido el pecado; había, pues, que quitarlo. Es precisamente el pecado lo que echa a perder todos los planes y las ilusiones del hombre, todas sus empresasa, emprendimientos y logros; lo que corrompe su salud, su familia, sus onstituciones, sus sociedades, es precisamente el pecado.

 

Solucionar el problema del hombre consiste en desarraigar el pecado, causa de la muerte y de todo mal. Pero había que conocer lo que verdaderamente era el pecado, y entonces se añadió la Ley. El pecado no era solamente trasgresión de la Ley; era una constitución maligna heredada en nuestra naturaleza aún antes de hacer bien o mal, desde nuestros primeros padres caídos. La Ley, pues, nos daría a conocer mejor el pecado; pero Jesucristo nos daría también, además del perdón, una nueva constitución, justa en el Espíritu, de naturaleza divina, mediante la regeneración también por Su Espíritu, de manera que podamos andar en el Espíritu y ya nop necesariamente solo en la carne. He allí, pues, en apretadísima síntesis la cuestión global.

 

Volvemos, pues, a las Sagradas Escrituras: “...El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte; así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron. Pues antes de la Ley, había pecado en el mundo; pero donde no hay ley, no se inculpa de pecado. No obstante, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán, el cual es figura del que había de venir” (Romanos 5:12-14).

 

La manera de la trasgresión de Adán no fue contra el Decálogo; su desobediencia consistió en desobedecer comiendo del árbol del conocimiento del bien y del mal; Eva codició la sabiduría para hacerse a sí misma igual a Dios. Notamos aquí que le estaba vedado al ser humano el fruto del conocimiento del bien y del mal; no solo del mal; sino, exactamente, el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Tal era su inocencia, y por lo tanto, su absoluta dependencia de la dirección del Espíritu divino. Entonces viviría, pues no le estaba vedado el Árbol de la Vida.

 

Cristo nos da de nuevo la posibilidad de comer del Árbol de la Vida; Cristo nos regresa al régimen nuevo del Espíritu, a la dependencia absoluta de la vida y dirección del Espíritu divino. Dependencia tal del mismo Soberano Creador le honra más que la ciega, muerta y aparente sujeción a un código rudimentario y figurativo, que apenas sirve de Tutor, entre tanto se forma Cristo en el hombre, por Su Espíritu, hasta la encarnación de la perfecta voluntad de Dios revelada en Cristo y en la cual somos santificados viviendo por Él.

 

Dícenos la Escritura que Adán era figura del que había de venir, el cual es Cristo; y Cristo habló así: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo…No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente” (Juan 5:17, 19). La obediencia de Cristo era, pues, directamente a la Persona del Dador de la Ley, de las sombras y los tipos, de la conciencia, etc. Él vivía por el Padre, y por Él obraba. Cuando el Padre se movía, Él se movía; cuando callaba, Él también callaba; cuando hablaba, ël también hablaba; cuando trabajaba, Él trabajaba. Era así, pues, de ésta manera, aún Señor del sábado, por la soberanía del Padre. El sábado sería así un siervo, y no un tirano. Pero el sábado definitivo, el verdadero reposo, sería, pues, Cristo mismo; del cual, el sábado de la Ley sería apenas un ayo y tutor y una sombra, hasta que viniese la Simiente en quien sería cumplido verdadera y eficazmente; lo cual acontece ahora en Cristo Jesús.

 

De manera que los que entramos en Su reposo, por medio del creer en Él, aparte de las obras de la Ley, entramos con Él por fe en el reposo de Dios con el cual Él reposó el séptimo día. Somos así guardados por Su reposo, reposando con Él y como Él. Eso es lo que nos dice la Carta a los Hebreos, a la que Dios mediante volveremos más adelante.

 

Observando, pues, a Cristo y Su absoluta dependencia y obediencia al Padre vivo y vivificante, notamos qué era lo que Dios esperaba del hombre e inauguró en Adán, hasta que ésta lastimosamente cayó. Entonces entró la muerte por el pecado, aún antes de la Ley. Eso es lo que leíamos de la Carta a los Romanos: “Antes de la Ley, había pecado en el mundo…reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, aún en los que no pecaron a la manera de la trasgresión de Adán”. Adán comió del árbol del conocimiento del bien y del mal; y esa fue la manera de su desobediencia; entonces por él entró el pecado; es decir, no tan solo la trasgresión, sino mucho peor que eso; con él entró en la naturaleza humana una condición pecaminosa con una ley de pecado en la carne que nos lleva cautivos al pecado, aún a nuestro pesar. Es decir, llegamos a ser pecadores por concepción y nacimiento aún antes de trasgredir la Ley.

 

Hubo, pues, así, pecado, aún antes de la Ley, en la naturaleza humana; en pecado nos concibe nuestra madre, y antes de pecar y trasgredir la conciencia, o la Ley, o un código, o lo que fuese, antes, somos ya pecadores. Por lo tanto reinó la muerte desde Adán hasta Moisés, porque todos pecaron, y pecaron aún antes de la Ley, por causa de haber nacido pecadores sin ni siquiera conocer la Ley, sino apenas la conciencia y el gobierno humano.

 

Fue entonces necesario que Dios añadiera la Ley, para que el pecado fuese mejor conocido y reconocido, y fuese manifiesta la causa de la muerte. Entonces Dios apareció a Moisés y le dio el Decálogo y otras leyes, y ritos figurativos hasta que viniese la Simiente Prometida que redimiría; promesa anterior a la Ley, y que la Ley no invalida. La Ley sería, pues, la sombra y el Tutor hasta que viniese Cristo; pero ya venido Cristo, no estamos ya bajo el Tutor, sino bajo Cristo. Esto lo lkeemos así de las escrituras: “La Ley se introdujo para que el pecado abundase; mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” (Romanos 5:21).

 

Yo no conocí el pecado sino por la Ley; porque tampoco conociera la codicia, si la Ley no dijera: -No codiciarás.- Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mi toda codicia; porque sin la Ley el pecado está muerto. Y yo sin la Ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí” (Romanos 7:7-9).

 

El Pacto previamente ratificado por Dios para con Cristo, la Ley, que vino 430 años después, no lo abroga para invalidar la promesa…Entonces ¿para qué sirve la Ley? Fue añadida a causa de las trasgresiones, hasta que viniese la Simiente a quien fue hecha la promesa…De manera que la Ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo” (Gálatas 3:17, 19, 24, 25).  

 

Desde Adán, entonces, hasta Moisés, el hombre se guió por su propia conciencia y el gobierno humano, acusándole o defendiéndole sus razonamientos, estableciendo, según lo mejor de su parecer, los rudimentarios códigos que gobernaban sus acciones. Y estaban las naciones bajo el tutelaje de esos rudimentos de gobiernos humanos; luego vino la Ley Mosaica en Israel, incluyendo el Decálogo, hasta venir Cristo. Éste, entonces, introduciría el Nuevo Régimen Perfecto del Espíritu Santo hasta establecerse plenamente el Reino de los Cielos en justicia.

 

La Simiente de la Mujer vendría, pues, por Seth, Enok, Noé, Sem, Heber, Abraham, Isaak, Israel, judá, Isaí, David, hasta Jesucristo. Las naciones estarían bajo el rudimento de sus códigos y constituciones, pero con pecado en su naturaleza, echándole a perder todo. Entonces Israel recibiría la Ley, el Pacto, la Promesa, preparando el advenimiento del Mesías, salvador del mundo, de judíos y gentiles.

 

No obstante, también Israel, como los demás gentiles, a pesar de la Ley, estaba esclavo del pecado en su naruraleza humana. La Ley Mosaica superaba los códigos de los gentiles, pues era revelación en tipo, de parte de Dios; de lo cual la conciencia gentil poseía apenas una deforme semejanza, un rudimentario parecido; pero ni la Ley, ni los códigos, ni la conciencia,  ni las buenas intenciones, ni las constituciones, ni los poderes legislativos, ejecutivos y judiciales, podían desarraigar el pecado de la naturaleza humana. Entonces lista la mies de la humanidad, encumbrada la Roma del derecho, diseminada la Grecia de la belleza, aparejado el Israel del monoteísmo y guardián de la promesa de la Simiente, entonces, apreció el Cristo para penetrar en las raíces mismas del problema humano: el pecado. Llegó para perdonarlo, vencerlo crucificando al vieho hombre e introduciéndonos en Su victoria por el Espíritu, donde ya está desarraigadoa  favor de judíos y gentiles, andando en Quien tenemos poder sobre la carne caída. Vino Cristo anunciando a la humanidad entera la cercanía del Reino de los Cielos. De aquellos gustadores de Su gracia y de Su vida, se formaría Su Iglesia; y con ésta se sentaría a juzgar en el Milenio, hasta entregar el Reino, en pacificación y reconciliación completa, al Padre, en el Cielo Nuevo y La Tierra Nueva. Aquellos, pues, que rechazaran Su gracia, quedarían, por rebelión definitiva, convictos de juicio y reos de muerte y destrucción eterna. A los tales se les daría entonces la oportunidad de intentar un gobierno mundial sin Dios, con lo cual llenarían el mundo de tribulación; y una vez satisfechas sus pretenciones como las del diablo, pues de éste es de quien proviene la rebelión, y coronado satanás como rey, su propia iniquidad les arrojará, como castigo de Dios, en la destrucción total, bajo las plantas del Soberano Rey de reyes y Señor de señores, Aquel cuyo es el derecho: el Verbo de Dios.

 

Observando en forma global el plan, ubicamos, pues, en la historia, el lugar y propósito de la Ley Mosaica. Contenía, pues, esta Ley, en figura, el elemento eterno de la voluntad del Padre, la sombra de los bienes venideros; de allí las expresiones: “eterna” e “inmutable” que se le aplican. Tal aplicación, sin embargo, sería apenas perfecta cuando fuera cumplida y magnificada en la persona de Cristo, por amor de la justicia de Dios. Jesús había dicho: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 5:20).

 

Los judíos se habían embrollado en la letra de la Ley, y estaban ajenos al Espíritu del Dador de la Ley. Era, pues, necesario que con Un Nuevo Pacto se derramase el Espíritu del Dador de la Ley; y para tal efecto vino Jesucristo. Entonces la Ley sería magnificada bajo el Régimen Nuevo del Espíritu, según el Nuevo Pacto.

 

Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días…” (Joel 2:28,29).

 

Porque en lengua de tartamudo y en extraña lengua hablaré a este pueblo, a los cuales Él dijo: -Ëste es el reposo, dad reposo al cansado; y éste es el refrigerio…” (Isaías 28:11, 12).

 

He aquí viene días, dice el Señor, en que estableceré con la casa de Israel y la casa de Judá un nuevo pacto; no como el pacto que hicieron sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos no permanecieron en mi pacto, y yo me desentendí de ellos, dice el Señor. Por lo cual, éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: -Pondré mis leyes en la mente de ellos y sobre su corazón las escribiré; y seré a ellos por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo, y ninguno enseñará a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: -conoce al Señor,- porque todos me conocerán, desde el menor hasta el mayor de ellos. Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Hebreos 8:8-12 en base a Jeremías 31:31-34).

 

Yahveh se complació por amor de su justicia en magnificar la Ley y engrandecerla” (Isaías 42:21).

 

Dios, pues, prometió derramar Su Espíritu, magnificar Su Ley y cambiar el corazón de piedra por uno de carne, poniendo Su Espíritu en nosotros. Es allí donde entra en escena Jesucristo para hacer posible esto. ¿Qué hace Él? Cumple la Ley, la magnifica, satisface con Su muerte expiatoria la justicia de la Ley que nos condenaba por trasgresores, resucita y asciende para enviar del Padre al Espíritu Santo, para los que creen, estableciendo así el nuevo régimen del Espíritu, presentando la realidad en lugar de la sombra, y dando al hombre el verdadero reposo. Quedaba así establecida en Él una nueva creación que por la fe entra de nuevo en aquel reposo con que Dios reposó el séptimo día. “Hoy”, pues, podemos entrar en aquel reposo creyendo en Cristo.

 

La tierra misma y la creación serán también libertadas de la esclavitud de corrupción, para alcanzar la libertad de los hijos de Dios. Entonces será completa la redención: Cielo Nuevo y Tierra Nueva, Nueva Jerusalem, con nuevas creaturas en cuerpos glorificados y vida eterna. El plan que Dios tenía en el principio, lo quiso inaugurar en el Edén. Ahora, pues, será restaurado el Edén y coronado con la Ciudad Santa de la Nueva Jerusalem que desciende del cielo de Dios. El debido orden es: (1º) Cristo, (2º) nosotros los de Cristo, (3º) la creación completa. Cristo ya vino como la cabeza de la nueva raza; venció a la muerte y está coronado de honra y gloria a la diestra de la Majestad en las alturas; entonces derramó el Espíritu Santo, y quienes vivan por Él, dando Su fruto, son Su Iglesia, qque se prepara para la adopción y el advenimiento del Señor. Entonces el juicio tomará cuenta de los rebeldes, y la tierra y el cielo actuales serán quemados. Entonces un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra serán establecidos, donde mora la justicia, con los redimidos. Será entonces la consumación del Reino de los Cielos.

 

Entre la era nuestra y el Reino eterno definitivo hay un período de mil años; el día en que Dios quitará de la tierra, como lo hizo en la Cruz, pero ahora cumplida y reclamadamente, el pecado. En éste día de mil años reinarán los vencedores con Cristo; aquellos que reciban facultad de juzgar (Apocalipsis 20).

 

 Notamos que el punto crucial de la historia es entonces la venida del Señor Jesucristo; es allí cuando la Ley es cumplida y magnificada, la expiación satisfecha, y el pacto definitivo del régimen nuevo del Espíritu, como al principio, es inaugurado. Detengámosnos, entonces, a observar al Cristo cumplidor y magnificador de la Ley. Así habló y obró:

No penséis que he venido para abrogar la Ley o los profetas; no he venido para abrogar sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que toda se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de  los cielos” (Mateo 5:17-19).

 

Cristo fue más allá de la letra; Él llegó hasta demostrar el Espíritu mismo del Dador de la Ley; y fue entonces cuando la magnificó. Tomó el Decálogo y las otras leyes y dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: -No matarás, y cualquiera que matare será culpable de juicio.-  Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que le diga: -Necio,- será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: -Fatuo,- quedará expuesto al infierno de fuego” (Mateo 5:21, 22). Entonces continuó diciendo acerca del adulterio del corazón (Mateo 5:28), de la dureza del corazón en el repudio (Mateo 19:8), de no jurar sino que baste con una palabra honrada (Mateeo 5:33-37), de amar a los enemigos en vez de aborrecerlos (Mateo 5:43, 44), de ir más allá de la milla pedida, de adorar en espíritu y verdad, de poner el sábado al servicio del hombre y no al hombre al servicio del sábado, de hacer el bien en secreto delante de Dios, de juzgar con misericordia o no juzgar, de no invalidar el mandamiento por la tradición, ni deformar la justicia colando el mosquito y tragando el camello mientras se limpia lo de afuera sin hacerlo primero por dentro, etc., etc. En fin, la Ley de Dios fue verdaderamente magnificada en Él conforme a la profecía, siendo Él mismo la personificación de la perfecta voluntad de Dios.

 

Muchos judíos lo acusaron de blasfemo y de quebrantar el sábado; pero Él les demostró que Él era el Hijo de Dios, y cual era el verdadero reposo que Dios quería para el hombre. Sí, demostró el Espíritu del Dador de la Ley; entonces la magnificó: “Oísteis que fue dicho…más Yo os digo…”. Además cumplió en Sí mismo el sacrificio prefigurado en los ritos. Con la experiencia de Su vida fue el antitipo de lo cual el antiguo pacto eera apenas una sombra figurativa. Sí, ahora, en lugar del templo, Él era el Templo y le edificaba verdadera casa al Padre. En lugar de becerros y carneros, derramó Su propiua sangre. En lugar de tablas de piedra en un arca de madera y oro figurando la presencia de Dios en el corazón, Él fue lleno del Espíritu y satisfizo el deseo del Padre. “Mi Padre hasta ahora trabaja y Yo trabajo”, entonces quisieron apedrearlo. No entendieron que lo importante era agradar verdaderamente al Dador de la Ley. En amarlo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, descansaba toda la Ley y los profetas. Y en la obediencia al nuevo mandamiento del Amor los unos por los otros, se cumpliría toda la Ley. Contra el fruto del Espíritu Santo no hay Ley. Necesario es, pues, vivir por el Espíritu; y quieenes por Él son guiados, éstos son los hijos de Dios. He allí el Nuevo Régimen, la voluntad perfecta, la Perfecta Ley, la Ley de la Libertad. Cristo trajo en Sí al Espíritu que estaba detrás de la letra de la Ley, como lo anticipaban los profetas. Él ha sido el único hombre sobre la faz de la tierra que cumplió la Ley al agrado del dador de ella; de lo cual Dios mismo dio testimonio: “Éste es mi Hijo amado en el cual tengo contentamiento; a Él oid” (Mateo 17:5).  Jesús había dicho: “Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:29). La profecía lo anunciaba sin defecto.

 

Dios constituyó entonces a Cristo en nuestra Ley, identificándonos con Él por medio del Espíritu Santo. Los fariseos, con un celo ciego y sin ciencia, pensaban que el paralítico no debía cargar su lecho en sábado porque trasgrediría la letra de la Ley; pero el Dador de la Ley era el que había dado la orden a través de Cristo: “Levántate, toma tu lecho y vete a tu casa”. De esa manera le hizo descansar. Ese era el reposo con el cual sería servido el paralítico, pues el sábado fue hecho por causa del hombre.

 

Entonces Éste Cristo inocente, sin mácula ni defecto, fue llevado a la muerte de cruz, para morir en lugar de todos nosotros los culpables. La Ley nos condenaba a muerte por trasgresión y naturaleza caída, y la verdadera trasgresión era desagradar al Padre. Eentonces Cristo murió la muerte a la cual también la Ley nos condenaba, y no solo desde Moisés, sino desde aquella sentencia cuando Dios dijo en el Edén: “El día que comiéreis del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, ciertamente moriréis”. El inocente Cordero de Dios fue nuestro sustituto. El inocente fue tratado como culpable, para que nosotros los culpables pudiésemos ser perdonados y recibidos regenerados por Su eespíritu como nuevas creaturas en Él, como inocentes, al recibirle a Él como Hijo de Dios, Salvador y Señor, resucitado de la muerte expiatoria, y recibir su expiación, confiando de corazón en ella. Cristo resucitó habiendo expiado nuestras culpas y al habernos crucificado, resucitado ascendido y escondido con Él en Dios. Al ascender y ser glorificado a la diestra de la Majestad en las alturas, derramó del Padre Su Santo Espíritu para capacitarnos para vivir Su vida, y solamente así poder agradar a Dios por la fe, y en el Espíritu vivir en Cristo Jesús para agrado del Padre.

 

Fue entonces Cristo quien cumplió la Ley, la magnificó y fue “más allá de la segunda milla”; fue Él quien luchó y venció, y entonces volvió a nosotros por Su Espíritu para hacernos participantes de la natruraleza divina, mediante una nueva creación provista del elemento de Su resurrección como don de la justicia y de la victoria perfecta, creadoa en la justicia y santidad de la verdad, a la imagen, por Su Espíritru, del que nos creó.

La Ley había cumplido su propósito: nos había hecho convictos de pecado y nos había condenado a muerte para conducirnos a Cristo como única esperanza. Entonces, en la cruz de Cristo, identificados con Él por la fe, recibimos el juicio de muerte, sufrimos el peso de la Ley y la justicia que demandaba muerte para el trasgresor. La justicia de la Ley fue satisfecha en la muerte por crucifixión de Cristo por nosotros, incluténdonos en Él, que fue hecho maldición por nosotros. Entonces resucitamos con Él, pues por el Espíritu nos dio Su vida, para que vivamos por Él, quien por el Espíritu que contiene el pleno cumplimiento de Su palabra, y para que así Él sea nuestra ley interior vivificante, puesto que la vieja y buena  y eterna Ley ya había cumplido su justicia sentenciándonos. Ahora, por el espíritu cumplimos la justicia de la Ley. Quien está en Cristo permanece en sábado, pues Cristo mismo es el cumplimienbto perfecto de todas las fiestas sagradas.

 

Gino Iafrancesco V., 1974, Paraguay.

EL BUEN DEPÓSITO

EL BUEN DEPÓSITO

 

En el libro de Zacarías, profeta de la restauración, al igual que Hageo, leemos: “…he mirado, y he aquí un candelabro todo de oro, con un depósito encima, y sus lámparas encima del candelabro, y siete tubos para las lámparas que están encima de él; y junto a él dos olivos, el uno a la derecha del depósito, y el otro a su izquierda” (Zacarías 4:2,3).

 

Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, el Libro de Dios nos habla del propósito y del plan divinos, su desarrollo y consumación, todo centrado en el Misterio de Cristo. Las semillas fundamentales que son sembradas en Génesis y el resto del Pentateuco, son cosechadas en el Apocalipsis. Todos los pasajes que encontramos en la Biblia, por el mismo Espíritu que los inspiró, están ligados al hilo central del propósito y del programa divinos. Dios busca reunirlo todo en Cristo para que Dios sea contenido y expresado en gloria a través del Hombre Corporativo, Su esposa, que se consuma en la gloriosa Nueva Jerusalem, morada mútua de Dios y los Suyos.

 

Es así que vemos la revelación del candelabro en Éxodo 25:31-40 y otros pasajes del Pentateuco, relacionada a la cita antedicha de Zacarías, ambientada en Hebreos 9:2 y Mateo 5:15, y consumada en los candeleros del Apocalipsis. Se nos representa a Cristo manifiesto en el Pueblo de Dios, que en el Antiguo Pacto de figuras y sombras era Israel, y que hoy es la Iglesia universal, el cuerpo de Cristo, expresado en la iglesia de cada localidad o ciudad, según el Nuevo Testamento de realidades espirituales.

 

La Luz de Dios, cuyo esplendor es Cristo, brilla por el aceite del Espíritu, desde el depósito de la revelación divina, con plenitud séptuple, a través del organismo único que es Su cuerpo, el cual se asienta en cada localidad como la iglesia del lugar, para alumbrar también desde Dios a este mundo en tinieblas.

 

El oro del candelero representa la naturaleza divina, que ha de formarse en Su pueblo labrada a martillo; es decir, bajo la Palabra viva de Dios y el golpeteo de las circunstancias moldeadoras. El candelero es de una sola pieza, porque la iglesia es una y debe manifestar las características y la unidad de la naturaleza divina en la comunión práctica y visible del Espíritu de Jesucristo que alumbra por Su iglesia en cada localidad, a los ojos del mundo, para que éste conozca y crea (Jn.17:20-23).   

 

He allí la responsabilidad nuestra para colaborar con Dios conforme a Su palabra, y para no escandalizar al mundo con otros nombres y caracteres que el de Cristo, estorbando el propósito del Altísimo.

 

En Zacarías leíamos del depósito que alimenta al candelabro. El suministro proviene del depósito. La Iglesia ha recibido de Dios, por Jesucristo, mediante el Espíritu de la Palabra, un depósito que debe conservar. “Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros”, escribía el apóstol Pablo a Timoteo antes de morir (2Tim.1:14);  Lo que has oído de mi ante muchos testigos, esto encarga” (2Tim.2:2ª). Ya en su carta anterior le había escrito: “…guarda lo que se te ha encomendado” (1Tim.6:20).

 

El ministerio y la Iglesia en general no están, pues, colocados para distraerse en ocurrencias múltiples y disímiles, sino para recibir, contener, penetrar, disfrutar y también guardar, suministrar y expresar el buen depósito de Dios, según el suministro del Espíritu de la santa Palabra. Esto debe hacerlo la Iglesia y el ministerio en unidad y con luz plena, séptuple; no en división, ni en parcialidades incompletas que perjudican el testimonio de Jesucristo.

 

Según Efesios 1:22,23, la Iglesia es el cuerpo de Cristo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo. De manera que el contenido primero y fundamental del depósito que hace brillar a la Iglesia, es Dios mismo; lo que Dios es, y lo que ha planeado y hecho. Éste Dios se nos ha revelado por el Hijo que es Jesucristo. El Espíritu nos suministra, pues, lo que es del Padre y Cristo (Jn.16:13-15; y 14:23).

 

En Cristo vemos, no solo a la naturaleza divina, sino también a la naturaleza humana perfecta. Vemos en Cristo Su kenósis o anodadamiento y despojamiento; vemos Su encarnación desde la concepción virginal en el vientre de la virgen María. Vemos Su nacimiento, Su crecer humano en estatura, gracia y sabiduría, vemos Sus pruebas y Su vivir humano perfecto, Sus muy significativas y abarcantes crucifixión, sepultura, resurrección, ascención, mediación, gobierno y regreso. Cada uno de estos ítems es riquísimo y se relaciona al depósito de la Iglesia. Lo es también la realidad, el suministro y la obra completa del Espíritu.

 

 En esta breve panorámica a vuelo de pájaro del buen depósito que ha recibido la Iglesia, captamos que sus primeros y fundamentales contenidos son la verdad de Dios y el mismo Dios de la verdad; la verdad de Cristo y el mismo Cristo que es la verdad; la verdad del Espíritu y el mismo Espíritu de la verdad; la verdad de la salvación y la misma experiencia y realidad de la verdadera salvación y liberación. Vemos también que la plena salvación es la recuperación total de hombre para el propósito eterno de la Deidad. Ese propósito, y todo el programa de la economía, o dispensación, o administración del Misterio antes oculto en Dios, es también ahora contenido del depósito, pues la Luz Divina de la Sagrada Revelación nos muestra quien es Dios, qué quiere, y hacia dónde va; también nos muestra cómo va hacia el pleno desarrollo y cumplimiento en nosotros de Su meta. Aquí se incluye también todo el ingrediente profético.

 

La meta de Dios para con nosotros, la cual debe llegar a ser nuestra meta, es ítem fundamental del depósito y de la economía del Nuevo Testamento. El Evangelio y el Misterio de la Economía Divina están intimamente relacionados al hombre, como también a todas las cosas. Por lo tanto, la verdad acerca del hombre, el para qué y el cómo de su creación, su constitución tripartita, es decir, en espíritu, alma y cuerpo, su caída y condición, su recuperación completa en Cristo, su configuración individual y corporativa a Cristo en la Iglesia, su destino final, etc., todo esto cabe dentro de los ítems importantes del depósito.

 

Al lado del hombre, considéranse también todas las cosas; la verdad de la vieja y de la nueva creación, su estado y propósito; la realidad angélica, la obra y la caída de Lucero, sus ángeles y el mundo, junto con su juicio, por sus etapas.

 

Entonces, la mima Iglesia, como parte fundamental del programa divino, y como la edificación de Cristo, victoriosa en Él sobre las puertas del Hades, en su doble aspecto: universal y local, su naturaleza, función, practicalidad, etc., es ítem básico del depósito, pues éste depósito es el suministro especial para la luz de ella, y está relacionado a la función de la Iglesia inseparablemente. Entonces, todo lo relacionado al reino y a la consumación, con todas sus minucias mayores y menores, se relacionan al depósito.

 

Todas las doctrinas y minucias menores, que tienen su lugar secundario en la Palabra, en relación a lo más fundamental, de parte de Dios, no deben dejar de relacionarse por nosotros a lo primero y central, en su debido lugar y ubicación. Muchas veces, son estas minucias tratadas desubicadamente, las que distraen y perjudican la misión principal y fundamental de la Iglesia, según el propósito y la Palabra divinos. Descubramos, pues, el buen depósito, y ahondémosnos en él, guardándolo, porque sólo él es el suministro que hace brillar la Luz de Cristo en la Iglesia.

 

Ante el depósito de Dios no podemos pretender ser originales, ni individualistas. Debemos, más bien, recibir, conservar, penetrar y trasmitir corporativamente el río pleno del Espíritu de verdad de la Palabra, el buen depósito que nos ha confiado Dios, y el cual, conteniéndole a Él y a Su obra, es patrimonio de la Iglesia universal en pleno. La verdad es una, y nos necesitamos todos, unos a otros, en Cristo, para contenerla y expresarla completa y apropiadamente, cual casa espiritual de la plenitud de Dios (Ef.3:18,19). Nuestro individualismo, o nuestro provincialismo congregacional, ajenos a la realidad y plenitud del depósito, y a la edificación conjunta del cuerpo, perjudican y mutilan el testimonio de Jesucristo. Aunque la administración de cada iglesia particular de localidad es local, un candelero por ciudad, sin embargo, el oro y la luz de todos ellos son lo mismo universalmente, puesto que se refieren a la naturaleza y gloria divinas.

 

Todo esto es apenas una consideración panorámica e incompleta, que obviamente debe completarse y complementarse en y por el cuerpo de Cristo, mediante el Espíritu.

 

Gino Iafrancesco V., 1985, Bogotá, Colombia.

BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

BREVE COMPENDIO BAUTISMAL CRISTIANO

 

 

Dios fue manifestado en carne, conforme a la profecía, en la persona de Jesucristo. Éste predicó el arrepentimiento, la fe en Dios y el reino de Dios; murió en la cruz para expiar el pecado del mundo, y resucitó, apareciéndoseles durante 40 días a sus discípulos, hablándoles del reino, y comisionándoles para hacer discípulos, bautizarles y enseñarles todo lo que Él les enseñó. Ascendió a los cielos y se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, donde intercede por nosotros, y de donde vendrá y volverá por los Suyos, y juzgará al mundo con justicia, y establecerá la manifestación del reino de los cielos.

 

Jesucristo ordenó Él mismo a sus discípulos el bautismo, y Él mismo fue bautizado. “Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba, también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo se abrió y descendió el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como paloma, y vino una Voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en Ti tengo complacencia” (Lucas 3:21,22).

 

La presente consideración es con el fin de presentar, desde los sagrados documentos de las Escrituras, este aspecto de la doctrina cristiana concerniente al bautismo; el mandamiento, su aplicación, el significado, su efecto. Procuraremos considerar no solamente su forma ceremonial externa, sino también, principalmente, el misterio de su contenido sobrenatural; pues es la verdadera identificación con Cristo lo que salva al hombre. No descuidaremos, sin embargo tampoco, su obediencia y aplicaxción externa, pues no fue descuidada por Jesús, ni por sus apóstoles. La Iglesia no tiene derecho de decir ni hacer cosa diferente, a menos que se excomulgue a sí misma de la verdad. Tengamos, entonces, presente que al considerar este asunto del bautismo, lo cual significa “sumersión”, estaremos enfocando el misterio sobrenatural de la identificación del cristiano con Su Señor en su muerte, sepultura, resurrección y ascención; misterio velado en la práctica bautismal.

 

No confundimos, pues, la práctica exterior con la operación interior, ni atribuimos a lo meramente exterior el efecto de lo interior; pero tampoco ignoramos lo exterior, que es como el canal que representa las glorias de la salvación, y hace manifiesto ante los hombres el testimonio de la operación interior efectuada a través del canal de la fe; además es mandamiento divino. Observemos esta doble dimensión en el bautismo de Jesús: “Juan les respondió diciendo: yo bautizo con agua; mas en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. Este es aquel que viene después de mí, del cual yo no soy digno de desatar la correa del calzado. Estas cosas acontecieron en Betábara, al otro lado del Jordán, donde Juan estaba bautizando. El siguiente día vió Juan a Jesús que venía a él y dijo: He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste es de quien yo decía: después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo. Y yo no le conocía; mas para que fuese manifestado a Israel, por esto vine yo bautizando con agua. También Juan dio testimonio diciendo: Ví al espíritu qquwe deescendía del cielo como paloma, y permaneció sobre Él. Y yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, Aquel me dijo: sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre Él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo y fuego. Y yo le ví, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:26-34).

 

Puede notarse el lenguaje: bautismo en agua y bautismo en el Espíritu Santo y fuego. Además notamos esta yuxtaposición: cuando el agua le bautizó, el Espíritu le ungió. Ciertamente el agua no hace el papel del Espíritu, ni el Espíritu es el agua; pero entretanto que cumplía con toda justicia bautizándose en el agua, era a la vez investido del Espíritu Santo. De la misma manera, es el Cordero de Dios el que quita el pecado del mundo; pero tal operación sobrenatural se representa en el bautismo en las aguas, como obediencia de la fe. No aplicamos a la mera ceremonia externa el honor de la operación misma; el honor le corresponde a Cristo mismo que opera realmente con Su propia vida, y Suya es la eficacia de la salvación, mediante la sola fe. No obstante, éste mismo Cristo ordenó también descender a las aguas, y lo hizo Él mismo, para cumplir toda justicia.

 

He aquí, pues, el mandamiento: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que yo os he mandado…” (Mateo 28:19). Marcos también testifica de este mandamiento: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda creatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos 16:15,16).

 

Además de Jesús, Sus apóstoles también lo ordenaron: “Pedro les dijo: Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo…/…Así que los que recibieron su palabra, fueron bautizados; y se añadieron aquel día como 3.000 personas” (Hechos de los Apóstoles 2:38,41).     

 

Teniendo, pues, el mandamiento y el ejemplo de Jesús y sus apóstoles, no se justifica en un creyente una actitud descuidada en este respecto; mucho menos una actitud desobediente. Es la voluntad de Dios que los Suyos sean bautizados. Ciertamente hay casos excepcionales, como el ladrón en la cruz, en los que la gracia de Dios condesciende a prescindir de la ceremonoio por fuerza mayor; pero creemos que se trata de casos en que la persona está, a su pesar, completamente imposibilitada de cumplir el mandamiento. Eeste era el caso del ladrón crucificado al lado de Jesús. No podemos aplicar con libertad el caso de esta excepción en el curso normal donde el creyente, bajo mandamiento divino y apostólico, está en plena condición de descender a las aguas. La Iglesia tiene, pues, este mandamiento y ejemplo aplicable a todo aquel que creyere y quisiere ser discípulo de Jesucristo.

 

Ahora bien, en las Sagradas Escrituras vemos que aquellas personas que recibieron el bautismo cristiano en el génesis de la Iglesia, eran por lo general personas concientes y responsables de sí mismas; es decir, lo hacían generalmente por convicción personal propia. Sin tal fe y convicción personal, ¿no sería, acaso, nulo el efecto del bautismo? Pues su efecto de gracia recibida se debe a la fe, que obedece con la identificación voluntaria del creyente con Su Señor, por esa fe, en Su muerte y resurrección. No despreciamos las buenas intenciones de aquellos que someten forzadamente a sus bebés a una ceremonia externa, a veces mayormente para eludir el ostracismo social; pero aquello no es suficiente, sin la fe personal, para que de facto se realice una unión mutua e indispensable con el Señor. El requisito de la fe personal es necesario para recibir eficazmente la gracia expresada en el bautismo. Ciertamente Jesús dijo que dejasen a los niños venir a Él, porque de los tales es el reino de los cielos; entonces el Señor los tomaba en Sus manos y los bendecía. Hagamos hoy lo mismo, entreguémoslos en Sus manos para que los bendiga.

 

En la práctica primitiva vemos generalmente que la fe y el arrepentimiento precedían al bautismo. “Yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado? Felipe le dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro, y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó” (Hechos de los Apostoles 8:36-38). La pregunta era por el impedimento; la respuesta era según la condicón. ¿Qué impide?...Si crees de todo corazón, bien puedes. “Si crees…” era la condición. En el día de Pentecostés, Pedro había dicho: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros…”. Antepuso el arrepentimiento y añadió el cada uno de vosotros. Notamos, pues, en estos casos, que para acercarse a las aguas bautismales se efectuaba una operación de conciencia lo suficiente y mínimamente responsable. Creemos que es esto lo que Dios espera de nosotros y Su gracia produce. No deberíamos, pues, prescindir de esta confesión personal, madura y pública. El creyente conciente debería así, cada uno, pedir por sí mismo su propio bautismo. En alguna ocasión, Juan el bautista se había visto en la necesidad de decir a algunos de los que se acercaban a su bautismo: “Haced frutos dignos de arrepentimiento”. Jesús dijo a los apóstoles: “A quienes remitiéreis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviéreis, le son retenidos” (Juan 20:23). No ignoramos, sin embargo, el caso de Simón el Mago en Hechos capítulo 8; éste, después de ser bautizado por Felipe, fue reprendido por el apóstol Pedro, pues quería comprar con dinero la facultad de conferir el Espíritu Santo. Vemos, pues, que aquella ceremonia, pues Simón el mago había consentido exteriormente, parece que no le había regenerado su corazón. Los frutos posteriores lo demostraron.

 

Es en relación a tal clase de casos por la cual creemos que el apóstol Pedro se refiere en su primera carta en estos términos: “El bautismo, que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por la resurrección de Jesucristo” (1ª Pedro 3:21). Ni la mera ceremonia, ni el agua, operan con el pecado que está en la carne. Es por la fe en la sangre de Cristo que se limpian los pecados, y el bautismo ceremonial es una aspiración a tal buena conciencia; pero es la regeneración real por el Espíritu Santo la que nos introduce en la ley del Espíritu de Vida en Cristo Jesús que opera eficazmente contra el pecado que se halla en la naturaleza humana. Es por medio del erspíritu que combatimos contra las inmundicias de la carne. El bautismo ceremonial conciente testifica de nuestra fe personal en que la sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado; y esto nos salva. Pero es por el espíritu que participamos de la vida de resurrección de Cristo, y de la ley del Espíritu de vida en Él, que nos libra de la ley del pecado y de la muerte en la carne, enfrentándole un poder superior. Y es la investidura del poder de lo Alto, por el Espíritu, la que nos capacita para el servicio cristiano a Dios y al prójimo.

 

No debemos, pues, perder de vista esta superposición de lo sobrenatural velado en la ceremonia externa del bautismo; ni tampoco confundamos los planos en la perspectiva. No siempre tal superposición coincide en nuestra experiencia subjetiva; como lo podemos ver en el caso de Cornelio y su casa. Mientras Pedro apenas aún hablaba, el Espíritu Santo descendió antes de que ellos fueran bautizados; pero entonces se bautizaron (Hchs.10:44-48). La operación interior sobrenatural precedió a la ceremonia bautismal en agua. Dejemos que Dios opere en el interior de los hombres a Su manera, y estemos listos a obedecer lo más pronto posible en lo concerniente a la ceremonia externa. Un mayor crecimiento en la revelación del misterio del bautismo puede acontecer normalmente después de realizado éste. Al fin y al cabo, la ceremonia inicial indica el comienzo de una nueva vida. El Espírittu Santo tiene derecho a obrar la gracia del Señor en los hombres de la mejor manera que le plazca.

 

Observemos las implicaciones sobrenaturales del bautismo en las declaraciones apostólicas. De la carta de Pablo a los Colosenses leemos: “Sepultados con él en el bautismo, en el cual fuísteis también resucitados con él, mediante la fe en el poder de Dios que le levantó de los muertos…/…Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, enttonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 2:12; 3:1-4). Es, pues, la fe la que nos introduce en el bautismo verdaderamente. Sepultados con Cristo en el bautismo, y resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios. “Mediante la fe”; es decir, si de corazón creemos que Jesús es el Hijo de Dios, muerto por nuetros pecados, y nosotros con Él y en Él; y resucitado a la diestra de Dios, y nosotros en unión con Él y en Él. Como está escrito: “Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado; porque no hay diferencia entre judío y griego, pues el mismo que es Señor de todos, es rico para con todos los que le invocan; porque todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:9-13).

 

La fe establece, entonces, el vínculo con la realidad objetiva y sobrenatural de Dios y de la obra consumada de Cristo. Y tal invocación de fe conduce a la salvación y es testificada en el bautismo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs. 22:16).

 

En la ceremonia bautismal es, pues, tal invocación en fe la que conecta el efecto de salvación con el acto externo. Sin embargo, tal invocación no acontece siempre solamente durante el acto, sino algunas veces antes. Lo normal sería que la persona, al creer, invoque el Nombre, bautizándose. Ejemplo: “Y muchos de los corintios, oyendo, creían y eran bautizados” (Hchs. 18:8). Esto les salvó. ¿Qué? La obra de Cristo creída y apropiada por la fe que le invoca y obedece en el bautismo.

 

La ceremonia sola no salva sin fe; la fe sola sin la obra de Cristo no salvaría; la obra de Cristo, sin ser recibida por fe, no se hace efectiva. ¿De qué sirve una ceremonia sin fe? Al faltar la fe, entonces no se hace apropiación de la obra de Cristo. Es en virtud de la obra de Cristo, recibida por fe, que se opera la salvación. Por una parte, ¿qué haríamos con la sola fe, si Cristo no hubiera hecho Su obra? Pues sería mera fe en la fe, y no fe en Él y Su obra. Sería una fe en vano, sin una realidad expiatoria que la respalde. Por otra parte, ¿qué aprovecharía la real obra consumada de Cristo, si no la creemos y no la recibimos por la fe? No haría efecto en nosotros por causa de incredulidad. El Señor dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Marcos 16:16a). Entonces la salvación descansa en la realidad objetiva y sobrenatural de la persona y obra consumada de Cristo, creída y recibida por fe, la cual se apropia por invocación y confesión, y se testifica por el bautismo. Esto es lo normal. ¡Cuántos elementos hay aquí!. Primera y principalmente, sin lo cual lo demás no tiene valor alguno, la persona y obra de Jesucristo; porque depende de quien sea Jesucristo y qué hizo, para que la fe e invocación de la persona tengan la suficiente base para un efecto de salvación. Es necesario creer que Jesucristo es el Hijo del Dios Viviente, que salió del padre y vino al mundo, hecho carne, hecho hombre, para darnos a conocer al Padre mediante sí. Ésta es la persona. Y ésta es Su obra: la reconciliación, por medio de Su muerte en la cruz en nuestro lugar; el Justo por los injustos; resucitado y glorificado a la derecha del Padre en los cielos, presentado como ofrenda por nosotros, mediador e intercesor, abogado, Señor y Cristo, y cuya vida y naturaleza nos es impartida mediante el Espíritu Santo, mediante la fe, pues al creer, vivimos por Él. Como está escrito: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados…/…Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Corintios 5:19,21).

 

Es la identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, por la fe, la que se oculta tras el velo del bautismo. Es el bautismo en Cristo confesado por el bautismo en las aguas en Su nombre, la garantía de la salvación por Su promesa y las arras del Espíritu. Jesucristo es la puerta. Nos corresponde, pues, para testimonio de nuestra salvación, cruzar la puerta de la obediencia de la fe en Jesucristo. El juicio por desobediencia parcial, lo remitimos al Supremo Juez universal en el tribunal de Cristo. Por Su mandamiento, pues, enseñamos el bautismo en las aguas.

 

¿Qué hace en el creyente su bautismo en Cristo mediante la fe? Hablamos aquí del bautismo en Cristo, de la realidad de esta identificación sobrenatural por fe, con Cristo el Señor, del creyente. No nos referimos, pues, tan solo al velo ceremonial que bien pudiera ser hueco sin la identificación de fe. Lemos, entonces, de Pablo: “Porque todos los que habéis sido bautizadois en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:27,28). La primera parte de esta declaración apostólica tiene que ver con Cristo, la Cabeza; la segunda parte: “sois uno en Cristo”, tiene que ver con nuestra identificación en Él con Su cuerpo que es la Iglesia.

 

Examinemois la primera parte: “revestidos de Cristo”. La fe nos identifica con Cristo cuando lo recibimos. Al recibirlo, recibimos juntamente con Él el efecto de Su obra. Es decir, participamos de Él, de Su muerte, sepultura, resurrección, ascención y escondite en Dios. Si permanecemos en Él, cualquier cosa que viniere a nosotros, tiene que venir a encontrarse primeramente con Él antes de tocarnos a nosotros, pues estamos revestidos, por la fe, de Él. El pecado, la maldición y el mundo fueron crucificados en Su cruz; es decir, al morir Él como postrer Adam, y que también como segundo hombre es ahora nuestra vida, fuimos libertados. El pecado, la maldición, la corrupción y la muerte se desvanecen al chocar en nuestro espíritu y ser con Su resurrección. Satanás y sus ángeles, sus demonios, resultan abatidos y aplastados bajo nuestros pies, al encontrarse con la ascención y posición suprema de Cristo que nos ha unido a sí en el Espíritu, estando nosotros muertos, resucitados y ascendidos en lugares celestiales juntamente con Cristo, en nuestra unión espiritual de fe. Cristo, entonces, se convierte en la nueva experiencia de nuestra vida, si vivimos por Él mediante la fe. Entonces Su victoria es administrada continuamente a nosotros por el Espíritu de Dios, para que sea también nuestra victoria. Porque Él vive, nosotros también vivimos. “El que permanece en mi, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Juan 15:5).

 

Tal gloriosa identificación es la que se vela en el bautismo. Nos dice el apóstol Pablo: “¿No sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo; a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado. Y si morimos con cristo, creemos que también viviremos con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él. Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros, consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 6:1-11).

 

También sostiene el apóstol Pablo en otras epístolas: “Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor conque nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Efesios 2:4-6). “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra, porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros seréis manifestados con él en gloria” (Colosenses 3:1-4).  

 

Por estos pasajes anteriores se nos revela que la vida y obra de Cristo es impartida a nosotros  en todo Su poder, por medio de nuestra identificación con Él por la fe. Su vida, muerte, resurrección y ascención son nuestras, porque Él es nuestra vida; y cuando Él se manifieste, lo seremos también.

 

Por medio de Su muerte Cristo nos libera del cuerpo del pecado. Su sangre nos limpia de todo pecado, y Su cruz nos liverta del pecado mismo, pues ya no hemos de andar en la carne donde el pecado mora, sino en el Espíritu donde Cristo es nuestra realidad de victoria. Somos muertos a nosotros mismos en Él, y llevamos Su muerte y la cruz todos los días, unidos a Él por la fe; somos beneficiarios de la crucifixión, para libertad.  Su victoria de la Cruz es nuestra, pues Él está en nosotros al recibirle en fe. Si vivimos por Aquel que murió al pecado y por los pecados, la virtud de Su victoria nos es participada al creer. Asimismo, resultamos con Él resucitados y ascendidos, sentados con Él en lugares celestiales, sobre todo poder del diablo.

 

Entonces enfatizamos que si Jesús murió, resucitó y ascendió, al vivir nosotros en virtud de la vida del Hijo de Dios, Su paso por la muerte al pecado, nos libra, del pecado, por muerte; y del juicio, por cumplimiento en Él y ahora también en nosotros que estamos unidos a Él. Nuestra Nueva Vida ha resucitado ya levantándonos con todo Su poder, ascendida a lugares celestiales sobre todo poder del diablo, presentándonos en la misma presencia de Dios como nuevas creaturas, en Su vida perfecta y acepta, que mora en nosotros por la fe, injertado en nuestro espíritu, por el Espíritu santo, que toma lo de Él y nos lo administra a nosotros. Así tenemos vida eterna en Él, con Él y para Él, participando con Él en el seno de Su gloria, y de Su naturaleza y amor eternamente.

 

Dios se nos participó en Cristo, y la fe es el canal que le permite traducir Su realidad en nuestra experiencia. Somos llamados a esa íntima participación, bautizados incluso en Su muerte, para liberación. Éste es también un profundo privilegio: el conocerle en Su muerte. Cuando dos de Sus discípulos quisieron sentarse a Su diestra y a Su siniestra en el reino, Él les preguntó: “¿podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado?.../…A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados” (Mateo 20:22,23).

 

San Pablo entendía esto cuando escribió: “…Ser hallado en él,…a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3:10,11). “Si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Romanos 6:8). “Llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal” (2ª Corintios 4:10,11). “Porque, aunque fue crucificado en debilidad, vive por el poder de Dios. Pues también nosotros somos débiles en él, pero viviremos con él por el poder de Dios para vosotros” (2ª Corintios 13:4). Así, pues, de tan sublime manera llegamos a ser revestidos de Cristo al ser bautizados o sumergidos en Él.

 

También, de nuestra identificación con Él, resulta otra maravillosa identificación: la unidad del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. “Sois uno en Cristo” había declarado el apóstol. Si todos los creyentes en Cristo participamos del Padre por el Hijo, esta reconciliación nos funde en una unidad de amor en Él; porque la vida de cada miembro en el cuerpo es la misma de su compañero. La Iglesia, pues, es un vaso único que contiene la vida de Cristo. En virtud de esa vida somos unidos, nutridos, concertados y coordinados, llegando a ser coherederos de Cristo, y copartícipes de la plenitud de Dios por Jesucristo. Él había dicho: “Yo en ellos, y Tú en mi, para que sean perfectos en unidad” (Juan 17:23). Tal unidad es, pues, posible única y exclusivamente en virtud del Cristo compartido. Quien no participa primeramente de Cristo, no puede participar de tal unidad, ya que es el Espíritu de Cristo el que nos sumerge dentro de un solo cuerpo; como está escrito: “Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Corintios 12:13).

 

El individuo debe, pues, identificarse primero con Cristo, la cabeza, por el Espíritu; y entonces así se convierte en miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. La puerta es Jesucristo mismo, y fuera de Él no hay otro acseso. “Por medio de él, los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre…/…miembros de la familia de Dios…/…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor, en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Efesios 2:15-22). “Asiéndose de la cabeza, en virtud de quien todo el cuerpo, nutriéndose y uniéndose por las coyunturas y ligamentos, crece con el crecimiento que da Dios” (Colosenses 2:19).

 

Cristo había declarado: “Yo en ellos…para que sean uno”; es decir, aparte de Él no puede haber reconciliación, pues Él mismo es nueestra reconciliación, Su vida. Es en Su cruz donde terminaron nuestras barreras, y es por Su Espíritu la entrada; es por Su virtud la unión y coordinación de todo el cuerpo. Primero Él, entonces lo demás. Hallamos entonces la razón de Su nombre como piedra fundamental. “Éste Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza de ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos” (Hchs. 4:12). Esa fue la declaración de san Pedro. Dios había declarado también que solamente recibiría adoración en el lugar que ël escogiera para poner allí Su nombre; y ese verdadero tabernáculo, esa verdadera casa es Jesucristo. Fue el Hijo Unigénito quien dio a conocer al Padre, viniendo en Su nombre, y poniéndolo de manifiesto. Jesús significa: Yahveh el Salvador. Jesucristo dio y da a conocer el nombre del Padre. El Espíritu santo viene en el nombre de Jesucristo. Dios en Cristo, y éste en la Iglesia por el Espíritu. Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres.

 

Considerando, pues, para el bautismo, este primordialísimo elemento: la realidad de la persona y obra de Jesucristo, añadimos que la fe de invocación necesaria para apropiarnos de la provisión de Dios en Él, debe ser una fe definida y exclusiva en ese Nombre, donde está contenida toda la plenitud de la Deidad: Jesucristo. Somos bautizados en éste Cristo específico por la fe. Jesús es el Cristo, Yahveh develado exclusivamente en Jesús. El Padre es visto en el Hijo. Fue sólo éste quien murió por nosotros y resucitó para nuestra justificación. Con Él es con quien somos identificados para muerte y resurrección en el bautismo. Por eso lo apóstoles bautizaron en Su nombre; para sepultura y resurrección con Él, identificados mediante la fe que le invoca específicamente, y que acude al Padre en Su nombre.

 

Jesús había ordenado: “…bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19b). Es decir, por una parte, de parte del Padre que envió al Hijo, y de parte del Hijo que envió al Espíritu Santo, y de parte del Espíritu Santo que habita en la Iglesia; por lo tanto habla de la autoridad de la Iglesia que bautiza. Por otra parte, también, los que son bautizados son sumergidos en el Padre por el Hijo, y en el Hijo por el Espíritu. Por eso los apóstoles obedecieron bautizando a los creyentes en el nombre de Jesucristo; pues Jesucristo vino en el nombre del Padre, y el Espíritu Santo vino en el nombre de Jesucristo. El Hijo es el lugar donde Dios escogió poner Su propio Nombre. Allí le encontraremos para adorarle. El nombre que fue puesto sobre el Hijo de Dios es Jesús: Yahveh el Salvador. Pedro les dijo: “Arrepentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hchs.2:38). A los gentiles les fue dicho lo mismo en casa de Cornelio. “¿Puede acaso alguno impedir el agua para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo así como nosotros? Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hchs.10:48).  En Cristo no hay diferencia para el judío o el gentil. Los samaritanos también fueron bautizados por Felipe en el nombre de Jesús (Hchs.8:16). Pablo encontró en Efeso a unos discípulos ya bautizados por Juan el bautista, pero sin el Espíritu Santo; entonces los volvió a bautizar, pero ahora en el nombre del Señor Jesús (Hchs.19:5), y recibieron el Espíritu Santo. A Pablo mismo se le dijo: “¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando Su nombre” (Hchs.22:16).

Todos los registros de las Sagradas Escrituras muestran que los apóstoles obedecieron el mandamiento del Señor usando Su nombre en el bautismo. Lo hacían de parte del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, con Su autoridad, identificando a los creyentes con Dios mediante Cristo y el Espíritu, sepultándolos en la muerte de Cristo y sacándolos a resurrección; es decir, en Su nombre. Son dos aspectos complemetarios.

 

Deducimos también por las Escrituras que generalmente lo hicieron por inmersión, que es lo que significa bautismo, pues descendían para ser sepultados y subían del agua. Bautismo significa, pues, sumersión.

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Gino Iafrancesco V., 1978, Asunción, Paraguay.

PARA USTED MISMO / lo mínimo que quisiera decirle a todo ser humano

PARA USTED MISMO

 

Lo mínimo que quisiera decirle a todo ser humano

 

Un ¡alto! puede salvarle la vida.

Dios desea comunicarle algo, antes de que usted siga de largo, y se pierda definitivamente.

No está en sus manos su futuro. Un minuto para atender a Dios, aquí y ahora, puede significar su salvación eterna.

Dios sí sabe de qué necesita usted ser salvo, aunque usted por ahora no lo sepa.

Dios lo hizo a usted con un propósito, y ahora interviene en su vida para hablarle.

El Dios de la gloria, Creador único de todas las cosas, se ha revelado a los hombres mediante Jesucristo, el Hijo de Dios. Él es el eje y la explicación de todas las cosas. Él es la Luz, la única que puede alumbrarle realmente.

Dios le ama y le comprende. Porque lo ha pensado a usted desde antes, fue porqué lo creó. Y ahora mismo le ha encontrado para hablarle, pues le ha estado buscando, aunque usted no se ha dado cuenta.

Él quiere decirle que está dispuesto a perdonarle todo pecado, y justificarle, con base en los méritos de Su Hijo Jesucristo en Su sacrificio en la Cruz.

El Hijo de Dios, que llegó a ser un hombre verdadero, y el Mesías profetizado de la historia, ha pagado en la Cruz el precio de todos los pecados de usted.

Al tercer día resucitó y se presentó vivo ante muchos testigos, pues Dios lo levantó de entre los muertos para mostrar que Él es Su Hijo y que ha recibido Su sacrificio en expiación por los pecados de todos los hombres, para que quien le creyere y le recibiere sea eternamente salvo por la fe en Sus méritos y en Su nombre.

Si usted cree y por Su gracia lo decide, puede invocar ahora mismo a Dios en el nombre de Jesucristo, y decirle de todo corazón que usted reconoce que ha pecado mucho, pero que por Su gracia se arrepiente de todos sus pecados, y que usted lo recibe a Él como su Salvador y Señor, como el Hijo de Dios completamente resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre, aceptando con toda fe el sacrificio que Él hizo por usted en la Cruz, de manera que Su sangre le limpia de todos los pecados por la fe.

Jesús dijo en Su Palabra:

"Ninguno que a Mi viene Yo lo hecho fuera",

"Venid a Mi todos los que estáis cargados, trabajados y cansados, y Yo os haré descansar",

"Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; Nadie viene al Padre sino por Mi".

Jesucristo ha resucitado de entre los muertos ante testigos, y ante quienes mostró Su gloria; y ¡está vivo!; ¡está ascendido a la diestra del Padre! y conoce todos los secretos de su corazón, pero le ama y desea salvarlo.

Dios desea que usted mismo se pronuncie definitivamente por Su gracia.

Hable con Él en el nombre de Su Hijo Jesucristo, recíbalo por la fe de todo corazón, y encomiéndele en Sus manos todo su ser, su pasado, su presente y su futuro eterno. Si usted lo toma en serio, Él también lo tomará a usted en serio y le será fiel a usted y a su fe. Él es la misma Fidelidad Divina encarnada, el Testigo Fiel y Verdadero.

Reconcíliese ahora mismo con Dios por medio de la fe en Jesucristo; arrepiéntase, pídale perdón y crea. No permita que su orgullo y necedad le arrebaten la salvación eterna prometida por Dios a los que creen en Su Hijo. Pídale perdón y misericordia. Él será justo en perdonarle, pues Jesucristo ya pagó el precio de sus pecados y usted cree y lo recibe de parte de Dios, de todo corazón.

No se haga el inocente, ni sea descuidado, porque entonces sus males le alcanzarán.

La manifestación del reino de los cielos profetizada, está más cerca que nunca. Jesucristo regresará pronto, vendrá por segunda vez como lo prometió, y hará juicio. Los acontecimientos de este siglo, cada vez más dolorosos, son las señales profetizadas por Él que anuncian Su cercanía.

Él ha dicho que si alguno no está con Él, entonces está contra Él. ¿De parte de quién está usted?

No sea tibio. Comprométase en serio con Jesucristo, pues Él mismo le ayudará a hacerlo. Hable con Dios ahora mismo desde lo más profundo de su corazón y reciba Su ayuda. Confíe en Él, pues nunca ha defraudado a nadie que en verdad le busque y le reciba. No depende de nuestros métodos , sino de Su misericordia, gracia y justicia. Justicia por que yá pagó por usted con Su propia muerte y usted le ha creído.

La manifestación, pues, del reino de Dios está cerca, y el sistema actual de esta mundo se acaba. No se obstine en seguir sus propios caminos hasta el infierno. ¡El infierno sí existe! ¡Muchos lo conocen y no es ninguna broma!

Vuélvase a Dios por Su gracia ahora mismo. El temor reverente de Dios es la sabiduría.

No confíe en sus propias promesas. Confíe en la ayuda que Dios da a los débiles. Confíe en Su misericordia, gracia y justicia, sin falsedades ni posturas. Exprésese tal como ustted mismo es. Dios, que lo creó, le entenderá mejor que usted a sí mismo.

¡Escúchele ahora! El mañana no es suyo, y la eternidad es irrevocable. No arriesgue su futuro eterno en su insensatez. Sea sabio. Atienda la Palabra de Dios que está en la Biblia, Las Sagradas Escrituras, que por inspiración divina escribieron los profetas y apóstoles del Señor.

Lea atentamente la Sagrada Escritura, pidiéndole a Dios que por Su Santo Espíriru le ayude a entender. Considere a Jesucristo muy atentamente.

No se engañe a usted mismo, porque la muerte le espera seguramente cuando y donde usted menos lo espera y ni se lo imagina.

No se deje engañar por los hombres, ni por su propia torpeza. Sólo Dios te puede dar vida eterna, por medio de Su Hijo y Su Santo Espíritu. Busque directamente a Dios, a quien hallará en Su hijo Jesucristo, comforme a las Sagradas Escrituras. Sea honesto y Él será fiel con usted.

Él le está ofreciendo el perdón de sus pecados, para limpiarlo mediante la fe con la sangre de Su Hijo Jesucristo. También ha prometido venir entonces a morar en su espíritu, por medio del Espíritu Santo, para regenerarle, renovar su alma, vivificarle en las debilidades, inspirarle, enseñarle, comunicarle todo lo que Él es y ha hecho por usted; también para corregirle y fortalecerle interiormente para el supremo bien.

Usted mismo sería culpable, si rechaza o rehúsa esta bendición. El remordimiento le perseguirá siempre.

Dígale, pues, a Jesucristo, que usted cree en Él, por Su gracia, y le recibe, y de todo el corazón le entrega su vida. Pídale también con confianza que le guíe a usted y a los suyos. No espere a los demás. Recíbale usted primero, para que los suyos lo reciban más fácil.

Sea bautizado en Cristo. Sea un verdadero cristiano. Forme parte de la familia de Dios, que es una sola, formada por todos sus verdaderos hijos, aquellos que le creen y han sido perdonados de sus pecados, al ser comprados eternamente por la sangre de Cristo, y regenerados para siempre por Su Espíritu.

Reúnase con cristianos genuinos para agradecer y adorar a Dios, y aprender considerando Su Palabra, Las Sagradas Escrituras, y para animarse para hacer el Bien con la ayuda de Dios. Prepárese para la manifestación del reino de Dios que está cerca.

No se deje distraer, ni arrastrar por el diablo. Enfóquese de lleno en Jesucristo, y conocerá de verdad a Dios, Su amor, Su plan y Su propósito.

Dios quiere que usted le conozca verdaderamente como a Padre, y se goce con Él, y con lo que Él ha hecho, y con lo que se ha propuesto hacer con los que le aman y reciben con confianza.

Jesucristo interviene. Su Espíritu se está moviendo y actuando.

No todo será siempre guerras, masacres, alborotos, terremotos, hambres, desastres, enfermedades, injusticias, violencia y maldad. Estos son los estertores finales de este sistema del mundo, los dolores de parto cada vez más frecuentes e intensos por la maldad en la tierra. Alboreará, y pronto se verá la manifestación del reino de los cielos con la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo. Espérelo. Viene pronto.

Encare la vida con la ayuda del Divino Espíritu. Mejórela desde ya con Jesucristo. Su confianza en Él le permite salvarle. Su incredulidad y rebelión le deshonran y harán que permanezca sobre usted la condenación eterna.

Usted no está sólo. Dios está con usted y por usted; pero usted debe recibirlo por Su gracia. Nosotros, los cristianos, también estamos por usted. Decídase.

Este mensaje delante de usted, significa que usted ya ha sido llamado. No tenemos excusa.

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Gino Iafrancesco V., Facatativà, Cundinamarca, Colombia, 1985.